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Madre NievesTestimonio de Madre María de las Nieves García

"MIS RECUERDOS DE CONCHITA EN EL COLEGIO DE BURGOS"
(1966-1968)

 


 

1.- El ingreso en el colegio de Burgos:
 En 1966  desempeñaba el cargo de superiora de nuestro colegio de Burgos, ciudad que fue la cuna de nuestra Congregación de Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza, donde nuestra santa fundadora, Carmen Sallés, la había echado a andar en 1892. En 1966 era uno de los colegios más grandes de la ciudad y teníamos un internado para niñas, lo que era muy común en todos los colegios religiosos. Pero durante el curso 1966-67, teníamos ocupadas todas las plazas de las internas, por lo que había indicado a la encargada que no recibiera ninguna solicitud nueva, porque no podíamos atenderla.

En estas circunstancias, supe después, que vino al colegio la madre de Conchita, Aniceta, a pedir una plaza de interna para su hija. Venía acompañada de Ascensión de Luis Sagredo, más conocida como Chon de Luis y del profesor de Economía de la Universidad de Zaragoza y autor del primer libro sobre Garabandal, Francisco Sánchez Ventura, dos personas que habían sido testigos de los sucesos de Garabandal desde muy al principio de las apariciones. Yo en aquellas fechas no sabía nada de Garabandal, ni siquiera había seguido las noticias que durante aquellos años habían aparecido en los periódicos. La encargada les comentó que no teníamos plaza. Le pidieron las señas de nuestro capellán, don Manuel Guerra, y se fueron a preguntar a otro colegio de la ciudad del que también tenían muy buenas referencias.

Cuando fueron al otro colegio se encontraron con que la superiora no estaba y fueron entonces a casa de don Manuel Guerra. Este sacerdote se interesó por el caso personalmente y se ofreció a acompañar a la madre de Conchita para hablar conmigo. Y sucedió providencialmente que entre la primera visita y esta segunda había renunciado a su plaza de interna una de las admitidas.
En esas circunstancias ya no había ningún motivo para que no se la admitiese. Y fue entonces cuando me comunicaron que Conchita era una de las cuatro niñas videntes de Garabandal. Me pusieron al corriente de lo que yo debía saber para ayudarla en su formación humana y espiritual. Y decidimos que lo mejor era que Conchita permaneciese en el colegio ocultando su identidad, de manera que tanto sus compañeras como sus profesoras y las monjas del colegio no supieran quien era. Sólo lo sabría la madre general de nuestra Congregación y yo. Se acordó que don Manuel Guerra sería su confesor y yo su formadora. Además me entregaron una relación de las muy pocas personas que la podrían visitar, para proteger a la niña de curiosos e inoportunos. Y como ella fue bautizada con el nombre de María Concepción, acordamos que en adelante en el colegio la llamaríamos María, nombre que ha utilizado a lo largo de su vida y utiliza en diversas ocasiones para no darse a conocer como Conchita la vidente de Garabandal.
Conchita estuvo en nuestro colegio todo el curso 1966-67 y el primer trimestre del curso siguiente. Y sólo unos pocos días antes de irse, por disposición de nuestra madre general se dijo a las monjas y a sus compañeras del colegio quién era Conchita. Hasta entonces nadie supo nada, lo que dice mucho de la entereza de su carácter, pues supo callar y pasar inadvertida, cuando cualquier comentario la hubiera convertido en el centro de atención de todas, lo que hubiera halagado su vanidad de adolescente. Y en este punto además de fortaleza, demostró tener una madurez nada común para su edad.

Conchita traía un nivel escolar muy bajo, recuerdo todavía las faltas de ortografía que tenía cuando llegó. Ciertamente había ido a la escuela del pueblecito de Garabandal, donde, a pesar de la buena voluntad de la maestra, los medios eran escasos. Además en la España rural de aquellos años las obligaciones escolares cedían, cuando hacía falta echar una mano en el campo; de manera que para una niña de ese pueblo remoto de las montañas santanderinas ni las matemáticas ni la lengua eran lo prioritario. Para ponerla al día le dimos clase de cultura general y de mecanografía, que eran unos estudios muy generalizados entre las adolescentes de los años sesenta. Conchita era muy despierta. Pero tenía un desnivel cultural enorme. Me hacía preguntas sobre cosas muy elementales, que ella desconocía al haber vivido en el ambiente aislado de una aldea de Santander. Pero a la vez que digo que era despierta, afirmo que Conchita no tenía nada de Marisabidilla. Era muy sencilla y me preguntaba con toda confianza. Recuerdo que en cierta ocasión me preguntó que era eso del comunismo, que se lo había oído a la Virgen y ella no sabía a que se refería. Y esto me trae a la memoria algo que les pasó también a los pastorcitos de Fátima, que cuando comentaron entre ellos lo que la Virgen las había dicho que Rusia extendería sus errores por el mundo, Francisco comentó que la Virgen se debía referir a la burra del tío Joaquín que se llamaba "rusa", a lo que respondió la mayor de los tres, Lucía, afirmando que Rusia debía ser el nombre de una mujer muy mala.


 madrenieves2.- La vida de colegiala:
Como ya he dicho, Conchita permaneció en nuestro colegio un curso completo y el primer trimestre del siguiente. Más podría decir, que el curso 1966-67 no fue una permanencia completa, sino completísima, porque durante las vacaciones de verano no las disfrutó al completo en su casa de Garabandal, ya que ella pidió quedarse un mes de las vacaciones de verano en nuestro colegio.

Conchita encontró en nuestro colegio acogida y comprensión por mi parte. Y eso le hizo sentirse muy bien, pues desde el principio de las apariciones sufrió la incomprensión de los más cercanos. Casi siempre se pone el enfoque en la admiración que sentían por las niñas los que subían a Garabandal, y eso era cierto. Pero tan verdad como que las niñas tuvieron muchos partidarios, es que no les faltó la cruz de la incomprensión y las habladurías desde el principio, Conchita misma lo cuenta en el Diario que escribió entre los años 1962 y 1963 y que es conocido porque ha sido publicado. La primera aparición del ángel tuvo lugar el domingo 18 de junio de 1961, y en ese diario se puede leer lo siguiente:
 "Ha llegado el día 19. Cuando nos hemos levantado, la gente ya empezaba a hablar (...) Todo era pensar cada uno una cosa. Fue un día que nada más hablaban de eso (...) Pero la más de la gente se reía de nosotras, pero a nosotras lo mismo nos daba como sabíamos que era verdad. Estas conversaciones se hablaron a las diez de la mañana, cuando ya nos íbamos a la escuela".
Y aquello no era nada más que un leve principio de lo que le esperaba: las sesiones de la comisión, los viajes al obispado de Santander, los interrogatorios, etc.

Todas las tardes en horas posibles para mí, me buscaba y hablábamos en uno de los recibidores. Nunca la obligué, ella venía voluntariamente. Un padre claretiano, P. Joaquín María Alonso, que estaba en Fátima estudiando el caso Lucía por orden de la Congregación de la Fe, enterado, vino a verme más de una vez. Habló con la madre general y me dijo que todo lo que hablara con Conchita que lo escribiera y que aunque pasaran cien años no lo destruyera.
Además del diario que yo escribí anotando las conversaciones que manteníamos, entre mis papeles custodio las agendas-diario que escribió Conchita. Le aconsejé que si lo necesitaba especialmente como desahogo interior, que escribiera su diario en el colegio. Así lo hizo. Conservo sus dos agendas, que al marchar me las dio para mí, sin que yo las solicitara. En ellas se encuentran expresiones constantes como éstas:
"Cada día doy menos valor a las cosas de la tierra, y pido a María por todos".
"Quiero a Dios sobre todo".
"¡Ayúdame, Dios mío, a hacer siempre tu voluntad!".
"¡Te quiero muchísimo, Señor!"
"¡Qué feliz me hacía la Virgen al verla!"
"¡Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, gracias por ayudarme tanto!"
"Hasta ayer nunca había pensado que la Virgen es hija de Adán y Eva. Esto me ha hecho pensar que es hija de mi mismo padre y me ha hecho quererla más fuerte. Aunque ahora la tengo por madre, amiga y hermana..."

Yo trataba de formar a Conchita con prudencia, atendiendo lo que me decía sin preguntas indiscretas. Tratamos de oración, amor a Cristo, voluntad de Dios, sobre la Eucaristía, respeto a los demás, Fe, Confianza... Todo consta en mi diario. Tuve y tengo de Conchita una opinión bien fundamentada de ella, a quien no he dejado de tratar por carta, teléfono y yendo a estar con ella varias veces en Fátima, donde ella tiene una casa a la que acude con frecuencia, cuando sus obligaciones familiares se lo permiten.

Por todo ello, después tratarla durante tanto tiempo e íntimamente, puedo calificarla como una mujer de gran personalidad, sin protagonismos, delicada, caritativa, humilde, sentido del humor, buscando siempre el cumplir la voluntad de Dios, obediente a la Iglesia. No beatuca, como me confirma una de sus amigas videntes, María Cruz. Características de su personalidad que he transmitido al actual Santo Padre, en una carta reciente que le he escrito. Desde su etapa como colegial no he dejado de comunicarme. Nos une una gran amistad. Escribí cuanto hablé con ella en el colegio en mi diario, que conservo. Tengo también los diarios que ella escribió estando conmigo. Todo cuanto me ha llegado de ella personalmente o por escrito lo conservo.

En cuanto a su docilidad a la Iglesia, recuerdo ahora algo que me contó recientemente una persona amiga común de Conchita y mía. Me decía esta persona que hace  dos años estuvo con Conchita en Fátima rezando el rosario por la noche en la explanada, en un sitio en el que ella acostumbra a estar, a unos treinta metros de la Capellina, de manera que no había nadie a su alrededor. Como es sabido, entre decena y decena en Fátima se acostumbra a entonar una canción religiosa y mientras los fieles estaban cantando, esta persona dijo a Conchita:
-         Conchita tu no dices en el Avemaría "Madre de Dios y madre nuestra" como acostumbran los devotos de Garabandal.
 -        No -contesto ella- porque eso sólo se puede decir en privado...

Y esta persona me comentaba con una cierta dosis de humor que al ver que estaban separados del resto de los fieles y que, por lo tanto nadie podía escuchar cómo rezaban las Avemarías nada más que ellos dos, pensó para sí que por "privado" Conchita debía entender estar ella sola en su casa y con las persianas echadas... A esos extremos llega la delicadeza de esta mujer, para no dar ni siquiera a entender entre sus amigos más cercanos que se adelanta al juicio de la Iglesia sobre Garabandal.

Pero regresemos al colegio de Burgos. En el trato con sus compañeras era una más y si destacaba era porque era muy bromista. Recuerdo que, estando en su pueblo de vacaciones, me escribió una primera carta y cuando abrí el sobre me salió de dentro una mariposa con un resorte, preparada para salir volando, cosas normales de niñas con ganas de divertirse. Cuando dijimos a sus compañeras quien era Conchita, le presenté cuatro niñas serias y formales, para que le acompañaran algún rato fuera del colegio. Dos de ellas ingresaron más adelante en nuestra Congregación y una de ellas, muy destacada en nuestras misiones de África, me dijo que debía su vocación de religiosa a Conchita.

Cuando llegó al colegio estaba pasando un momento malísimo. La gente de la comisión diocesana, a pesar de su buena voluntad, no tenían la más mínima psicología para tratar a una niña, y de ahí derivan buena parte de las malas interpretaciones, que tanto le hicieron sufrir a Conchita, a lo que se añadía el recuerdo de las negaciones y las dudas tan naturales en todos estos procesos. Llegados a este punto, no tengo inconveniente en transcribir literalmente, lo que escribí en mi diario uno de esos días, después de hablar con Conchita:
   "Nosotras no empezamos con ninguna mentira y puedo asegurar que no nos pusimos de acuerdo (...) No es verdad que ensayábamos ¿Cómo pueden pensar eso? (...) Si volviera a ver a la Virgen, me daría mucha pena por mis negaciones (...) Desde el día 15 de agosto tuve dudas. Lo veía todo como si hubiera sido un sueño que ya pasó. Cuando lo niego, sin embargo, siento en mi interior, algo en el fondo que no me deja tranquila."

En tantas conversaciones como mantuvimos fueron muchas las veces en las que Conchita se quejaba de la curiosidad que la gente tenía por el aviso, el milagro y el castigo, sin que les preocupase los mensajes. Me decía que la gente se fijaba demasiado en lo del milagro y los milagros en muchos casos no convierten a la gente, como les sucedió a los fariseos en tiempos  de Jesús. Insisto, yo hablaba con ella de todos aquellos temas que guardaban relación con su formación humana y religiosa, de lo que queda constancia en mi diario. Pero naturalmente hablamos de todo, naturalmente del aviso, del milagro y del castigo, y desde luego que no fue a lo que mayor tiempo le dedicamos. Y no tengo ningún inconveniente en transcribir lo que anoté en mi diario lo que Conchita me dijo al respecto:
 "Conozco en qué va a consistir el aviso, pero desconozco "cuándo". Vendrá directamente de Dios, es decir, no serán bombas atómicas, pues eso sería hecho por los hombres. El aviso, no castigo, servirá de purificación. No se dice que morirá gente, aunque pudiera ser por la impresión. Es algo que se producirá en el cielo. La Virgen me dijo el nombre, que no sé lo que significa, es una palabra que empieza por "a". Tengo que mirar el diccionario".
 Así con esa sencillez me abría su corazón y en aquellas conversaciones encontraba la paz. También hacíamos las dos juntas ratos de oración en nuestra capilla y cuando no había nadie nos arrodillábamos en el presbiterio, para estar lo más cerca posible del Sagrario. Ella encontró tanta paz durante aquellos meses, que cuando su madre decidió sacarla del colegio, en la despedida se me echo en los brazos llorando. Marchó al hospital de Valdecilla de Santander, para realizar estudios de enfermería, que de tanta utilidad le sirvieron en los primeros momentos cuando se marchó a los Estados Unidos. Pero eso es otra historia, que yo sólo conozco por referencias.


3.- Conchita y la Sagrada Eucaristía:

 En el mensaje de 18 octubre de 1961 la Virgen les pide a las niñas, y por extensión a todos nosotros, que visitemos con frecuencia al Santísimo Sacramento. Desde el principio y hasta el final, las manifestaciones eucarísticas de Garabandal son muy numerosas y ya han sido descritas en las páginas de este libro. Por fin en el mensaje de 18 de junio de 1865 Conchita escuchó el reproche del Cielo, que ha quedado como uno de los rasgos definitorios de Garabandal: "A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia".
 La devoción a la Eucaristía fue una constante en Conchita desde niña y así ha seguido siendo hasta el día de hoy. Ella fue la que promovió en su parroquia de Estados Unidos la adoración al Santísimo y posteriormente ha mantenido contacto y apoyado a los sacerdotes, que como el Padre Justo Lofeudo, promueven por todo el mundo la adoración perpetúa, día y noche ininterrumpidamente, al Santísimo Sacramento. Y me comentaba una persona, que había tenido la oportunidad de estar con ella en Fátima, que le había llamado la atención que Conchita que normalmente se sitúa en lugar apartado cuando se reza el rosario en la explanada, cuando los jueves se hace la procesión con la custodia en lugar de con una imagen de la Virgen de Fátima, Conchita busca la manera de situarse lo más cerca físicamente de la Sagrada Forma a la que no deja de mirar con devoción. Y esto no es otra cosa que la continuación del mismo comportamiento que vivíamos, cuando en nuestra capilla del colegio nos arrodillábamos en el presbiterio para estar lo más cerca del sagrario.
 Precisamente de aquellos momentos en los que rezábamos juntas en la capilla, no se va de mi memoria el que tuvimos la víspera de su cumpleaños a las once de la noche el día 6 de febrero de 1967, cuando ya todas las internas estaban dormidas. En esa ocasión, Conchita puso por escrito su oración a la Virgen, cuyo texto yo guardo y que doy a conocer ahora por primera vez, sin quitar una sola palabra:
  "Madre, hoy último día de mis 17 años, al terminar el día, quiero que termine todo cuanto haya en mí que no sea de tu agrado. Sola no puedo, por eso esta noche y ya para siempre vengo a contar contigo. Lo primero quiero darte miles de gracias por estos 17 años, y te los quiero ofrecer con todas las imperfecciones y buena obras que en ellos haya. También te pido perdón por lo mal que los aproveché. Con estos 17 años quiero dejarte mis imperfecciones y que son la pereza, la vanidad, el mal genio sobre todo con mi familia, mis caprichos, mi falta de caridad con algunas personas. Quizás también soberbia. También lo dejo. Y sobre todo quiero dejarte esta noche el sacrificio de no volver a comprar revistas. Todas esas cosas las dejo con tu ayuda, porque sola no podría. Al hacer los 18 años quiero nacer como si nunca hubiera vivido, y en mi te pido que nazcan estas gracias que tanto deseo: La Fe, la Esperanza, la Caridad, el amaros siempre y en todo momento, tanto en el sufrimiento como en la felicidad. El que sea dócil con los demás, sobre todo con mi familia. Que sea comprensiva, generosa con Dios, con todos. Que siempre y sobre todo diga la verdad, que participe en la Santa Misa con fervor y amor, que rece todos los días el Rosario, que esté unida siempre y para siempre a Dios. Quiero amarte en medio del sufrimiento, de las arideces, de las incomprensiones, en las contrariedades y con todo lo que queráis mandar, de todo quiero daros las gracias.
María, te amo y te amaré más. ¡Gracias, muchas gracias por todo! Conchita"

 La devoción de Conchita a la Eucaristía era una práctica recia, alejada de sentimentalismos, y puedo afirmar que tuvo que superar la oscuridad y la aridez en muchas ocasiones. Quizás lo más ilustrativo será reproducir unos párrafos de mi diario sobre lo que me decía Conchita al respecto, para que se entienda bien a lo que me refiero:
 "Me gustaría sufrir por cosas mías que no estuvieran mezcladas con Garabandal, pero está todo tan ligado que no puedo obrar sin que aparezcan las apariciones. Deseo ir a mi pueblo, y a la vez me da mucha pena dejar esto, donde al mismo tiempo que he sufrido, he sido tan feliz, aunque sufrimientos tendremos siempre (...) En mi pueblo apenas quedaba tiempo para la oración (...)
Ya sabe que el otro día sentí mucho fervor, pero he vuelto a la aridez. La Eucaristía se representa como algo representativo, pero no real. Me parece imposible que Cristo esté ahí, y cuando voy a comulgar, miro disimuladamente a los demás para ver si en sus caras se refleja la misma duda. Cuando nos dan la bendición con la custodia, sólo puedo pensar en que es la mano del padre que nos bendice, nunca en un Cristo real y verdaderamente presente".

 Cierto que en medio de esta sequedad, había momentos de especial claridad y consolación. De uno de ellos dejé constancia de lo que me dijo en mi diario con estas palabras: "Sentí esta frase: ‘Yo te amo y te he perdonado no alguna cosa, sino todas’. Sentí una felicidad grande". Y en otra ocasión en las agendas-diario que Conchita escribió, manifestó esta vivencia: "Al recibir la Comunión sentí un gozo grandísimo, porque al recibir a Jesús viví la presencia de la Virgen como estando con Cristo en ese momento".
 Como decía, la devoción a la Eucaristía es algo palpable en la vida de Conchita hasta el día de hoy. Supe que en uno de estos últimos veranos fue a visitarla a su casa de Fátima un buen sacerdote de Galicia, con el que mantiene amistad. En esa conversación Conchita le enseñó algunas de las reliquias que conserva, una muy importante del padre Pío. Y en un momento dado, el sacerdote al relacionar que aquellos objetos materiales eran reliquias por haber estado en contacto con personas santas, se acordó de lo sucedido en Garabandal, y le dijo:
 -  Conchita, tú sí que eres una reliquia viviente.
 -  Claro que sí –respondió de inmediato-, soy una reliquia viviente, porque recibo todos los días a Jesucristo en la Sagrada Comunión.


  4.- Conchita y su devoción hacia el sacerdocio:
  Junto a la queja del Cielo por el abandono con que tratamos a la Sagrada Eucaristía, Garabandal se caracteriza también por su mensaje sacerdotal. Bien es cierto que en este caso el reproche celestial fue terrible: "El Ángel me ha dicho que muchos cardenales, obispos y sacerdotes van por el camino de la perdición y con ellos llevan a muchas más almas. Cuando el Ángel me decía esto –sigue siendo Conchita quien lo narra en su diario- a mí me daba mucha vergüenza, y el Ángel me lo repitió por segunda vez: ‘Sí, Conchita, muchos cardenales, obispos y sacerdotes van por el camino de la perdición y con ellos llevan a muchas más almas". Decir semejante cosa en la España de los años sesenta y además adjudicar la autoría de la frase a un mensajero celestial explica muchas de las cosas y el trato que recibió Conchita de una parte del testamento clerical. Desgraciadamente, muy poco tiempo después los acontecimientos no hicieron nada más que dar la razón a esta denuncia del Ángel, que estaba encaminada a animar a los sacerdotes a dirigirse decididamente hacia la santidad, para salvar su alma y ayudar a tantos católicos que de ellos dependen espiritualmente.


 En modo alguno este mensaje de Garabandal se puede interpretar como un menosprecio a la dignidad sacerdotal. Todo lo contario, se ha publicado una y mil veces algo que Conchita me contó y que anoté en mi diario con estas palabras: "La Virgen nos dijo, que si veíamos a la vez a un Ángel y a un sacerdote, debíamos saludar antes al sacerdote". Pero tan cierto como que Conchita siempre ha reconocido la inmensa dignidad del sacerdocio, es que la realidad de las vidas concretas de algunos sacerdotes dejan que desear y fue a partir de las apariciones cuando ella comenzó a darse cuenta. En cierta ocasión me dijo: "Antes de decirme la Virgen, yo creía que todos los sacerdotes eran buenos. Jamás pensé que cometieran pecado mortal. He conocido muchos, algunos me parecieron santos al principio, luego ví cosas que no me agradaron. He comprendido más tarde cómo la gente engaña". Y naturalmente que en nuestras conversaciones, durante su estancia en el colegio, pude comprobar que Conchita no se refería a generalidades, sino a casos muy concretos. Es más, en cierta ocasión me comentó Conchita que la Virgen le había dicho que el mensaje en el que se hace referencia a los sacerdotes se lo comunicó a través del Ángel, porque a la Virgen le daba mucha pena decírselo.


 Pero ya puestos a recordar casos concretos, quiero referirme ahora al trato que Conchita mantuvo con el Padre Pío, el santo capuchino de Pietrelcina, tan ligado a Garabandal. Se han dicho tantas cosas... Incluso se ha llegado a afirmar que Conchita nunca estuvo con el padre Pío... Merece la pena que cuente algo al respecto. Durante los años que estuve en nuestro colegio de "El Escorial", yo era la encargada de nuestras antiguas alumnas. Y en cierta ocasión una de ellas me dijo que había estado en Garabandal y que incluso había visto bajar desde los pinos a las niñas de espaldas. Quedamos en ampliar la conversación y volvió esta mujer con otra antigua alumna y con otras dos amigas, que no habían estudiado en el colegio. Les conté muchas cosas, que se las iba ilustrando con las fotografías que tengo en mi archivo. Cuando hablé del viaje de Conchita a  Italia para ver al Padre Pío, que le había organizado Cecilia de Borbón, les enseñé una fotografía que se había hecho Conchita en el Coliseo de Roma en la que aparece ella, junto con Aniceta, su madre, con el padre Luna, Cecilia de Borbón y otra señorita. Y fue entonces cuando una de las invitadas a nuestra conversación, una de las dos que no eran antiguas alumnas, manifestó que la señorita en cuestión que aparecía en la foto era ella, que entonces trabajaba como secretaria de Cecilia de Borbón.


 Naturalmente que Conchita tuvo relación con el Padre Pío. Por este motivo yo misma le escribí desde el colegio y él me contestó brevemente el 19 de enero de 1968. Guardo la contestación como una reliquia preciada de uno de los más grandes santos de la Iglesia de todos los tiempos.
 Son tantos los recuerdos de lo que Conchita reza y hace en concreto por los sacerdotes... Durante un tiempo, mientras permanecía en su casa de Fátima, dedicaba todos los días unas horas a ir a una residencia de sacerdotes ancianos para ayudar en los trabajos de limpieza. Como en otras ocasiones acudía allí sin darse a conocer y respondía al nombre de María. Hasta que un día alguien la reconoció y al punto todos los sacerdotes residentes supieron que aquella mujer que barría los suelos de su residencia era Conchita de Garabandal. A partir de entonces, nada fue igual. Y me comentó Conchita que cuando descubrieron quien era, cambió el trato. Y me dijo que sentía mucho que se hubieran enterado de quien era, porque ella como se sentía mejor era sirviendo a aquellos ancianos sacerdotes desde el anonimato.


 Por resumir lo que lo puedo aportar sobre el concepto del sacerdocio que tiene Conchita, buscando entre mis papeles, he encontrado un escrito que Conchita dirigió a una mujer que le pidió unas líneas para su hijo sacerdote. Se publicaron en el número 26 de la revista Legión el 26 de noviembre de 1967 y Conchita las había escrito cuatro meses antes, cuando aún estaba en nuestro colegio de Burgos. El texto decía así:
 "La Virgen lo que quiere del sacerdote es, lo primero, su propia santificación. Cumplir sus votos por amor a Dios. Llevarle muchas almas con el ejemplo y la oración, ya que en estos tiempos es difícil de otra manera.
Que el sacerdote sea sacrificado por amor a las almas en Cristo. Que se retire de vez en cuando en el silencio para escuchar a Dios, que les habla constantemente. Que piense mucho en la Pasión de Jesús, para que sus vidas puedan estar más unidas a Cristo Sacerdote, y así invitar a las almas a la penitencia y al sacrificio, y también a hacerles más llevadera la Cruz que a todos nos manda Cristo.
Hablar de María que es la más segura para llevarnos a Cristo. También hablar y hacerles creer que como hay Cielo, hay infierno.
Creo que esto es lo que el Cielo pide de sus sacerdotes".


 Desde niña tuvo en alta estima al sacerdocio, por eso me llamó la atención que en una de nuestras conversaciones en la que hablábamos del aislamiento en el que había vivido en Garabandal, al preguntarla yo qué es lo que más le había gustado de las pocas veces que salió de su pueblo, me contesto: "Ver tantos sacerdotes en Comillas". No se refirió ni a las gentes, ni a los grandes edificios de Santander, ni al mar..., sino a la alegría de ver tantos sacerdotes juntos. Su gran amor al sacerdocio me lo manifestó muchas veces.


 Madre Nieves García (Madrid, verano del 2012)

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