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  • Documentación

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José Román Serrano Martínez

    Junio de 1.961. Animada tertulia en la terraza de “La Flor”, céntrico bar santanderino. Los contertulios resultaban ser Eustaquio Cuenca, su hermano Victoriano, mi padre y yo mismo. El debate se centraba en las posibilidades reales de que, por mi parte, accediera a impartir clases de Ciencias a dos mozalbetes (Daniel y Victoriano), vástagos respectivos de Eustaquio y su hermano, que habían mostrado una marcada insuficiencia en las disciplinas componentes de esa rama del saber en sus respectivos institutos, allá en México, el primero de ellos, y en Santander, el segundo, con la condición de pasar con ellos todo el verano en una remota aldea de la Montaña, cuna de Eustaquio, que no resultó ser otra que San Sebastián de Garabandal.
    
La negociación no resultó nada difícil y, puestas de acuerdo las partes, no tuve ningún inconveniente en atender solícito su pretensión.

Así pues, al día siguiente, con mi maleta cargada de ilusiones, como no podía ser de otra manera, dada mi condición de veinteañero, subimos los cuatro a bordo del “aiga” del indiano –Eustaquio había conseguido hacer fortuna en el país azteca- iniciando nuestra andadura hacia, lo para mí, desconocido.
    
Embocamos la carretera de la costa en dirección a Oviedo, dejamos atrás Torrelavega y, a la llegada a Cabezón de la Sal, torcimos a la izquierda en dirección a Cabuérniga. En este momento empezaba la aventura. Por aquellas fechas yo no conocía Cabuérniga ni ninguna otra parte de los valles de Saja y Nansa.
    
Al ritmo pausado del “aiga”, mis ojos abiertos desmesuradamente, trataban de captar lo que ante ellos, a derecha e izquierda, se presentaba.
    
Ruente, Sopeña, Valle…, lugares cuya toponimia tenía para mí un cierto peso específico derivado de las anotaciones contempladas en obras de dos insignes literatos montañeses –José María de Pereda y Manuel Llano- mas, en estos momentos al contemplar sus mieses, casonas, praderías y montes adyacentes, dicho peso específico se veía incrementado geométricamente con el ensoñado deseo de conocer todo ello mucho más de cerca, contactar con sus gentes, imbuirme en su idiosincrasia y compartir sus inquietudes.
    
Dejamos Valle para adentrarnos en La Collada de Carmona.
    
Por aquel entonces, el tráfico más presente en aquellas latitudes era el de origen animal y, realmente, tuvimos serias dificultades con puntas de ganado equino antes de llegar al Mirador de Carmona, en el cual nos detuvimos para contemplar la panorámica que desde el mismo se divisa: a nuestros pies se halla el núcleo urbano principal, prácticamente comprimido en una especie de círculo, a su alrededor mieses, cierros, praderías y, en lontananza, laderas tachonadas de frondosas, pertenecientes al valle del Nansa, altos de Peñarrubia, Lamasón y cohortes en avanzadilla de los Picos de Europa, configurando todo ello un escenario cromático atestado de contrastes simultáneos donde los colores complementarios juegan un papel destacado, difícil de olvidar para la retina de los que sienten cierta vocación artística. ¡Sencillamente maravilloso!
    
Descendimos, con muchas precauciones, derivadas del trazado muy sinuoso que presentaba la calzada, hacia el mismo Carmona, hicimos una breve parada en el bar de la bolera, donde Eustaquio saludó viejos conocidos y, continuamos viaje hacia Puente Nansa, nos hicimos eco del abigarramiento urbanístico allí existente y, beirando el río Nansa, teniendo a nuestro alcance las vegas, cada vez más constreñidas, llegamos a Cosío, pueblo de la Montaña digno de resaltar por su importancia ganadera, derivada de su cabaña tudanca, por sus casonas blasonadas y por sus hidalgos, siendo precisamente en la mansión de uno de ellos –Lino- donde rendimos viaje de automóvil.
    
Patios, cobertizos, caballerizas, cuadras, balconadas, estancias, capilla, etc, todo ello de dimensiones exultantes, integraban el dominio de este rico hacendado, de buen carácter, que no rehuía el echar una mano a sus convecinos ayudándoles en sus necesidades.
    
La amistad entre Eustaquio y Lino venía de antaño y los dos se saludaron muy efusivamente.
    
Hechas las presentaciones, obsequiados con una exquisita merienda –pan, vino, jamón, queso y chorizo- se debatió la estrategia a seguir a fin de llegar a  San Sebastián de Garabandal en la misma jornada.
    
Por desconocedor de la situación, hasta ese momento, me causó cierto estupor lo que allí se debatía pero, la cuestión era clara: la aldea donde iba a pasar el verano no tenía acceso rodado. Así las cosas, aprontaron cuatro caballos con gran celeridad, nuestras valijas quedaban en Cosío a la espera de que al día siguiente las subieran en carro y nosotros cuatro podríamos ya iniciar la andadura, peñas arriba hacia Garabandal, nuestra meta, con motivo de la ocasión, por aquel entonces.
    
Yo no había montado a caballo en  mi vida, pero, me guardé muy mucho de exteriorizar mis inquietudes y puse todo mi empeño en tener muy en cuenta las observaciones de todo tipo que nos hacían los hijos de Lino –expertos en este tipo de situaciones- a fin de evitar, si ello fuere posible, los problemas que pudieran derivarse de la singladura que íbamos a iniciar a lomos de tan nobles animales. Quedando el “aiga” a buen recaudo en uno de los cobertizos, después de realizadas las salutaciones de rigor, hete aquí que me encuentro, de buenas a primeras, sobre el lomo de un caballo alazán, de envergadura media, fuertes y potentes ancas, presto y dispuesto a recorrer los últimos kilómetros de nuestro viaje.
    
Sobre un caballo todo parece diferente. Los riscos me parecían más riscos, los cortados más cortados, los abismos más abismos, las lajas más lajas, en una palabra, todo lo ves sobredimensionado, derivado, quizás, de los peligros que atisbas y que, por tu inexperiencia, te sientes incapaz de sortear al no transmitir las órdenes adecuadas a tu caballería.
Pues bien, todo ello se mitigó al darme cuenta de que el alazán sorteaba los osbtáculos  del camino, muchos y muy variados, prácticamente por sí sólo, sin necesidad de que yo le fuera conduciendo. El control de la realidad es algo inherente a su forma de actuar en cualquier tipo de situaciones.
    
Disfruté contemplando los diversos accidentes orográficos del camino aguas arriba del Vendul y, no lo hice tanto, cuando mi montura, siguiendo el ejemplo de las restantes, iniciaba un trote, ya que, siéndome imposible el contenerle, mi último apéndice vertebral chocaba violentamente una y otra vez contra el duro cuero de la silla de montar haciéndome ver las estrellas.
    
Pero bueno, todo eso pasó y, salvando el último recodo, nos encontramos, casi de manera sorpresiva, ante nuestra meta: Garabandal.
    
Situada sobre una meseta, sobre la cual se expande una mies, está bordeada de aterrazamientos que dan al conjunto cierta singularidad. A sus espaldas, laderas escarpadas y estribaciones de Peña Sagra –macizo montañoso que hace de conexión con los Picos de Europa- dan a la aldea aspecto de bastión.
    
A nuestra llegada, entrada ya la tarde, nos llamó la atención la cantidad de gente que estaba reunida en la plaza que hace de antesala a la aldea: descabalgamos y, sin mediar palabra, lo primero que exclamaron, unos y otros, a voz en grito, fue la frase de …¡Han visto un ángel! ¡Han visto un ángel!
    
Pero hombre fulanito, qué canastes me estás diciendo. ¡Déjate de zandongas! –replicaba Eustaquio- ¡Híjole! Y, ¿cómo estás? –decía a otro-; así se fueron entremezclando los saludos y el relato de lo que esa tarde estaba en boca de todos los aldeanos.
    
Bueno, ya, ¡hijo de la pelada! –espetó Eustaquio-: ¡Cuénteme!
    
Y así fue como el antedicho nos relató que hacía una hora, poco más o menos, que cuatro niñas del lugar –Conchita, Mari Loli, Jacinta y Mari Cruz- a la razón de entre diez y doce años, estando jugando en la zona alta del lugar, se habían quedado extasiadas contemplando una fulgurante visión que decían ser un ángel.
    
¡Venga ya! ¿Hacéis caso de juego de niñas?
    
Vamos –dijo Eustaquio- guardemos los caballos en el establo y lleguémonos a casa.
    
Nos despedimos de los lugareños, les comentamos el que ya seguiríamos hablando al día siguiente, atendimos a las caballerías y nos dirigimos a la casa familiar, en una plazuela del lugar, donde nos estaba esperando, con los brazos abiertos, Paquita, cuidadora de la casa, y excelente cocinera.
    
Nos saludó muy cortésmente, nos dio la bienvenida y, sin probar bocado esa noche, después de un baño, me retiré a mi habitación y me dispuse a dar descanso a mi maltrecho cuerpo, rememorando, mientras intentaba conciliar el sueño, todo cuanto había acontecido en aquella jornada y, de manera un tanto más inquietante, lo que nos habían manifestado los lugareños respecto al ángel.
    
A la mañana siguiente, después de conciliarnos con nosotros mismos, con un estupendo desayuno con que nos obsequió Paquita, salimos a la calle a fin de, efectuadas las pertinentes presentaciones, cambiar impresiones con los lugareños respecto a los acontecimientos vividos por ellos el día anterior.
    
Así fue como pudimos comprobar que la aldea entera estaba intranquila, no se hablaba de otra cosa en las tabernas y tiendas de abarrotes y todos estaban expectantes por ver qué es lo que acontecía en la cita que el ángel había dado para las siete de la tarde del día presente, a las cuatro niñas.
    
Está claro que nosotros también participábamos de esa inquietud, por lo que nos dispusimos a estar presentes, como meros observadores, en el acontecimiento que se avecinaba. Faltando aún más de media hora para la prevista, nos aproximamos al lugar marcado para la cita, una calleja casi a modo de calzada romana con grandes lajas claveteadas, profundas llagas y fuerte pendiente que da lugar a escalonamientos ciertamente peligrosos para los que por allí transiten, peligrosidad que se acentúa en días de lluvia, derivada, no sólo de la superficie dolomítica, de las propias piedras, pulida y antiadherente, sino también de los musgos y líquenes que coadyuvan, en buena medida, a que lo apuntado suceda, y que sirve de nexo de unión entre la aldea y un coqueto pinar situado en una pequeña planicie de las primeras estribaciones montañosas, considerado por los lugareños como espacio lúdico-recreativo y, cuál no sería nuestra sorpresa cuando pudimos constatar que, prácticamente la aldea entera estaba allí concentrada y ya habían tomado posiciones en los prados colindantes con la citada calleja al objeto de no perderse nada de cuando pudiera acontecer en los próximos minutos. A nosotros nos hicieron un hueco y también nos apostamos en un prado colindante a la calleja, lo más próximos posible a la misma.
    
Apostillas, argumentos fantasiosos, intercambio de opiniones y murmullo generalizado de todos cuantos allí nos encontrábamos al ver aparecer ante nuestros ojos a las cuatro chiquillas, cogidas del brazo, con caras sonrientes y estimo que sorprendidas de ver al pequeño gentío a su alrededor.
    
En ésas estábamos cuando de repente, como movidas por un resorte, las cuatro automáticamente, cayeron de rodillas sobre las lajas de la calleja. Se desenredaron de su enlace y, las cuatro, juntando sus manos en actitud orante, clavaron sus ojos al cielo, mientras levantaban sus cabezas.
    
Mi reacción y la de algunos mozos del lugar fue inmediata. Salvamos de un salto el desnivel que nos separaba de la calleja, corrimos hacia donde ellas estaban y, pensando que se habían destrozado las rodillas, intentamos, en primer lugar, levantarlas; pasamos nuestros brazos por sus axilas y, por más esfuerzo que hicimos, no fuimos capaces de despegarlas de las lajas. Parecía como si la fuerza gravitatoria las hubiera clavado al suelo. Desistimos, pues, de nuestro empeño y nos dispusimos a dar continuidad a las pequeñas pruebas que se nos ocurrían; intentamos, consecuentemente, el abrir sus manos introduciendo nuestras manos y brazos por entre las suyas y no conseguimos nuestro objetivo. Pasamos nuestras manos delante de sus ojos y no pestañeaban. A alguien se le ocurrió pasar una cerilla encendida, con el mismo resultado. No pestañeaban.
    
Ante tales circunstancias, nos acuclillamos cerca de ellas intentando escudriñar cualquier movimiento, cualquier reacción por pequeña que ella fuera. No hubo ninguna, parecían un grupo escultórico digno del mejor Bernini; sus caras, sonrientes, desprendían un sosiego y una paz, muy difícil de imaginarse en este mundo actual globalizado y tan cruelmente competitivo en muchas ocasiones. Todas ellas, incluso las menos agraciadas físicamente, tenían un hado luminoso que imprimía a sus faces una belleza inusitada, daba la impresión de que se hallaban transfiguradas.
    
Transcurridos unos minutos, las cuatro niñas volvieron a la normalidad y, levantándose, se vieron rodeadas por todos los circundantes que las acosaban a preguntas. Por mi parte, pude fijarme en sus rodillas –ninguna de ellas las tenía ocultas al no llevar pantalones- y ni tan siquiera mostraban el menor signo de enrojecimiento.
    
En medio del bullicio generalizado sonaban las requisiciones formuladas por los allí presentes. ¿Qué habéis visto? ¿Os han dicho alguna cosa? ¡Venga, contadnos algo! ¿Qué os ha pasado? Las respuestas eran simples. Hemos visto un ángel y, en días venideros nos dará un mensaje.
    
Sus familiares se encontraban confusos y exaltados, no sabían cómo reaccionar, hasta que Marcelino, el padre de Mari Loli, inició el rescate con su hija, haciendo lo propio Serafín con su hermana Conchita y las madres de Jacinta y Mari Cruz, con las suyas.
    
Esa noche, en todos los mentideros del lugar, no se hablaba de otra cosa y, todo el mundo se preguntaba qué es lo que se podía hacer ante tamaño cúmulo de cosas inexplicables.
    
En casa de Eustaquio, durante la cena, hacíamos toda suerte de cábalas respecto al asunto, pasos que se podían dar y, dado que la situación podría tener unas connotaciones místicas, quizás fuera preciso el poner en conocimiento de la autoridad eclesiástica más cercana los hechos acontecidos. Yo, por mi parte, me retiré a descansar con el ánimo encogido e inquieto por los acontecimientos que había vivido. Tenía gracia. Había llegado a este apartado lugar para intentar poner orden en la cabeza  de dos muchachos y me encontraba con la mía ciertamente confusa.
    
Por aquella época no existía el teléfono en el lugar pero, noticias de este calado se difunden de manera vertiginosa y por los sistemas más inverosímiles. Así pues, en los días siguientes, en los cuales yo procuraba cumplir con mi misión educadora, ya la comarca entera del valle del Nansa y pueblos circundantes habíanse enterado de lo que allí acontecía y un buen número de curiosos deambulaban por los aledaños en busca de noticias.
    
Un buen día, al ir a comer, me encontré en casa de Eustaquio a una visita ya hacía algunos días esperada. No era otra que la del cura-párroco del valle del Nansa, Valentín Marichalar, hombre proverbial, campechano, noblote, pero no exento de cierta autoridad, y gran jugador de bolos –él me enseñó la práctica de este deporte de recia raigambre montañesa- el cual, como era natural, después de visitar a todas las familias de las ya llamadas “videntes”, había recalado en casa del hacendado a saludarle y departir con él, compartiendo mesa y mantel donde degustar los jugosos guisos de Paquita, los “dimes y diretes” que pululaban en su jurisdicción eclesiástica, respecto a la situación que se había producido.
    
Hechas las presentaciones y, tras un acalorado debate, se llegó a la conclusión de que el Obispo de la diócesis –sucesor de José Eguino y Trecu, fallecido recientemente- debería tener conocimiento, lo más exacto posible, de “todo lo que se cocía” en relación con los éxtasis de las cuatro videntes y, habida cuenta de no tener él el don de la ubicuidad, se hacía necesario el que, en su ausencia, alguien tomara nota de lo que veían y oían las chiquillas durante ese trance y, en su nombre, le fueran entregados los correspondientes informes a la autoridad eclesiástica en su residencia santanderina. Él subiría por allí siempre que se lo permitieran sus obligaciones, pero insistió en pedirnos el favor de que, después de los éxtasis, cogiéramos a las cuatro chiquillas, las lleváramos a casa, y tomándolas declaración de lo acontecido, presentáramos el resumen de lo por ellas declarado, al obispo de Santander.

Eustaquio y yo nos comprometimos a hacerlo así y, a partir de entonces, mi trabajo en el lugar se multiplicaba.
    
En ese interim yo había cambiado ya impresiones con las niñas, charlado con ellas en estado normal intentando husmear en sus reacciones algún tipo de previsión, planteamiento o contradicción. Todas ellas, con más o menos desparpajo, coincidían en sus narraciones. Mari Cruz y Jacinta se mostaban retraídas y poco dadas al diálogo, mientras que Mari Loli y Conchita aceptaban de buen grado la conversación, aunque a la primera de ellas la cara se le teñía de rojo cada vez que tenía que responder a una pregunta más o menos directa. Conchita tenía más desparpajo y, de alguna manera, se presentía el que ella sería la gran protagonista de los hechos que mantenían en vilo, en aquel momento, a toda la comarca.
    
A Valentín Marichalar le habilitamos uno de los caballos –había subido a pie a la aldea- y nos despedimos de él no sin antes reiterarnos su encargo.
    
Al día siguiente, sobre la misma hora de anteriores eventos, las niñas tuvieron un nuevo éxtasis en el mismo lugar, la calleja, que ya todos conocíamos y, que en esta ocasión, aparecía con mucha gente agolpada a uno y otro lado de donde se encontraban las niñas, aparte de las que se hallaban en las praderías colindantes. Yo, por mi parte, me senté muy próximo a ellas, dispuesto a observarlas.
    
Los prolegómenos habían transcurrido con similitud a ocasiones anteriores, mientras que la reacción de los allí presentes, entre los que se encontraban muchos extraños, era de brutal presión sometiendo a las chiquillas a pruebas físicas nada aceptables, como el pincharlas con agujas, alfileres e incluso agujas curvas de coser sacos, sin que ninguna de ellas mostrara la más mínima reacción, mostrando una insensibilidad total.
    
Los del lugar –a mí me tenían por uno de ellos- que allí nos encontrábamos, al darnos cuenta de tal situación, intentamos el que esas agresiones no se produjeran, llegando a producirse entre unos y otros, momentos de tensión no controlada con conatos de agresión.
    
Terminado el éxtasis, a fin de cumplir con lo pactado con el cura párroco, por mi parte, ni corto ni perezoso, me cogí a las cuatro niñas de un brazado y entre medio del gentío, a los ojos de todos, me las llevé a casa de Eustaquio, a fin de “tomarles declaración” de lo sucedido.
    
En este caso, el ángel que se presentaba como anunciador, les manifestaba la visita de la Señora en una clara alusión a la Virgen María.
    
Obsequiándolas con vaso de leche y bizcocho, pudimos comprobar mientras merendaban alegremente, que ninguna de ellas tenía huella alguna de las vejaciones, en forma de pinchazos, a las que habían sido sometidas.
    
Redacté el informe y, a la mañana siguiente, prestas las caballerías, bajamos a Cosío, cogimos el “aiga” y pusimos rumbo a Santander. Visitamos al obispo, le dimos el informe, cambiamos impresiones y, con las mismas, nos volvimos para Garabandal. Nos sentíamos ya tan imbuídos por los hechos que allí estaban aconteciendo, que no queríamos perder ningún detalle.
    
Los acontecimientos se sucedían en solución de continuidad. La noticia ya estaba trascendiendo de manera inusitada a nivel regional y Cosío se había convertido en centro de operaciones para todo aquél que deseaba llegar a la aldea, hasta que a un avispado almacenista de Puente Nansa se le ocurrió sacar un pingüe beneficio, derivado de los hechos trascendentales que estaban ocurriendo en el municipio y, poniendo a punto dos Ford de los años cuarenta que tenía olvidados en una de sus dependencias, -por otra parte, verdaderos cochazos con motores impresionantes de seis cilindros en línea- puso en marcha el ataque al camino carretero que unía Cosío con Garabandal, de manera motorizada. En consecuencia, a efectos de gestión de viaje, también Puente Nansa compartía con Cosío la asignación de centro operacional. Ambos pueblos se veían sometidos a una desusada actividad que el sector servicios agradecía.
    
Garabandal, por su parte, era un hervidero de gente de lo más variopinto, aunados por un común denominador: ver, contemplar de cerca los éxtasis de las videntes.
    
Todos andábamos inquietos esperando con ansiedad el contacto visual previsto de las videntes con la Señora, cuestión ésta que aconteció durante el siguiente éxtasis.
    
Ocurrió a los pocos días, prácticamente a las pocas horas de los precedentes. En este caso, previendo la asistencia de una gran multitud, se había procedido a vallar de forma rudimentaria el área operacional  a fin de proteger a las chiquillas de avalanchas no deseadas.
    
En aquella ocasión se encontraban entre los asistentes cantidad de médicos, curas y miembros de órdenes religiosas. Durante el tiempo de duración, todos tenían un desmedido afán de protagonismo intentando ver lo invisible y sometiendo a las videntes, bien a pesar de los que conocíamos lo acontecido primitivamente, a multitud de pruebas teóricamente más o menos desestabilizantes.
    
En esta ocasión ya la Señora se les había manifestado y les apuntaba lo del mensaje que sería dado en próxima manifestación, con alusión directa a lo de que “ya se está colmando la copa…”  por lo que, de no hacer caso al mensaje futuro, podría producirse un castigo.
    
La misma dinámica de actuación ante las autoridades religiosas, las cuáles, tras estas manifestaciones que al parecer ultrapasaron el umbral de lo previsible, optaron  porque de manera oficial se prohibiera el acceso a Garabandal de sus subordinados, por considerarlo incompatible con sus deberes.
    
Valentín Marichalar se vio obligado a acatar lo ordenado, y con él, un cierto número de curas de aldea pero, no así los miembros de órdenes sacerdotales o religiosas que, de una u otra manera, con sotana o sin ella, con hábito o sin él, pululaban, cada vez con más insistencia, por todos los rincones del lugar.
    
Llegó el día previsto para el mensaje y el espectáculo en la calle era realmente impactante. Caballerías, carromatos, Land Rover’s y los Ford de Puente Nansa, abarrotaban, cual si se tratase de un descomunal puzle, la plaza adyacente al lugar, impresión ésta que, si cabe, se acentuaba más al desplegar muchos de los llegados, improvisados puestos de viandas y bebidas que ofrecían a los cansados caminantes.

Durante el éxtasis, con un gentío expectante que no cabía en la calleja y praderías circundantes, se volvieron a repetir las escenas ya referidas en los anteriores, con la excepción de que las videntes parecía que comieran alguna cosa para nosotros invisible.
    
A su término, en medio de todo el gentío, me cogí a las cuatro niñas y, abriéndonos paso entre la muchedumbre, nos dirigimos, una vez más, a casa de Eustaquio, al objeto de cumplir con mi compromiso.  Pero, hete aquí, que, cuál no sería mi sorpresa, cuando al atisbar la plazuela donde se asienta el inmueble, la encontramos toda ella repleta de una gran multitud y, al avistar la puerta de entrada a la casa, nos la encontramos guardada por dos números de la Guardia Civil que, portando sus “naranjeros” en posición de firmes, vigilaban, impertérritos, cualquier movimiento extraño que pudiera producirse, controlando las entradas y salidas de la casa.
    
Al acercarnos a la puerta y hacer intención de entrar, cruzaron los “naranjeros” impidiéndonos el paso, requiriéndome la correspondiente identificación. A las videntes les dije que se fueran para sus casas y que ya hablaríamos de lo que acababan de ver y oír.
    
Una vez identificado, me llamó la atención la exclamación de uno de los números. ¡Ah! Entonces, ¿usted es el indio? Espere un momento. Entró en la casa y al poco apareció acompañado de un brigada bigotudo, ya entrado en años, que resultó ser el comandante de puesto de la Guardia Civil en Puente Nansa. Había estado hablando con Eustaquio, poniéndole al corriente de las consecuencias que había dado lugar nuestro proceder en relación con los hechos que estaban aconteciendo.
    
En un afán de ponerme al corriente de la situación, una vez que estuvimos los tres sentados confortablemente, no reparó en explicar con el mayor detalle posible las circunstancias que habían dado lugar a su presencia y a la de sus subordinados en la casa donde nos hallábamos.
    
Resultó ser que algunas de las “preciadas personas” que por allí aparecían a causa de los éxtasis, al darse cuenta de mi proximidad a las videntes durante los mismos, mi despliegue en medio de todos, llevándome a las niñas a casa de Eustaquio y algún que otro detalle más, denunciaron los hechos en la Comandancia de la Guardia Civil de Santander.
    
Nos tachaban de que todo lo que allí sucedía era debido a una estrecha connivencia entre Eustaquio y yo, habida cuenta del deseo del prócer en llegar con su coche a su aldea nativa.
    
No veis –decían dirigiéndose al gentío- mirad cómo el indio que ha traído de México las observa. Seguro que les han dado alucinógenos para que puedan entrar en este tipo de situaciones. Y, ahora, se las lleva para casa. ¡Vete a saber lo que hacen con ellas! De todo ello dimanó una consecuencia que el brigada se encargó de transmitir. Tengo orden de detenerle a usted, y trasladarle a la Comandancia para que preste, en principio, las oportunas diligencias –me dijo-.
    
Yo entonces le contesté que esos infundios no tenían ningún sentido, que mi estancia allí obedecía a lo ya por todos conocido y que mi dedicación a los hechos que movilizaban a gran un gran número de sectores, era debido a nuestro compromiso con el cura-párroco de la localidad y que, de cualquier manera, podía informarse sobre mi persona llamando a sus superiores en la Comandancia de Santander.
    
Muy cortésmente, nor replicó que, en cualquier caso, debería acompañarle al cuartel de Puente Nansa, para, desde allí, confirmar lo que había declarado. Así pues, de inmediato partí con la Guardia Civil, en su Land Rover, al cuartel de Puente Nansa y, previas deliberaciones internas, contactaron con el capitán Gorjón, en la Comandancia de Santander, de cuyo hijo yo era amigo personal y, esclareciéndose los hechos, cambió completamente el talante de mis interlocutores, se deshicieron en disculpas y yo, por mi parte, emprendí de nuevo el regreso, a caballo, a Garabandal.
    
Debo decir que lo único que yo tenía de indio podría ser mi tez, morena y curtida por el sol, pero las elucubraciones de la gente pueden llegar a transformar, por asombroso que parezca, hasta tu genética.
    
Llegado al lugar, mantuvimos una discusión tensa durante la cena y yo me prometí a mí mismo y, así se lo transmití a Eustaquio, el no volver a intervenir para nada en colaborar en desentrañar el misterio que a todos nos envolvía.
    
A partir de ese día, durante los trances, yo preparaba mi caballo y, los dos, en buena armonía, nos dábamos una vuelta por la falda de Peña Sagra, paseábamos por los bosques de acebo, comíamos truchas pescadas en la zona alta del río Vendul por Rafael, el guarda de Saltos del Nansa y disfrutábamos de forma integral, en su manera más amplia, de la asombrosa naturaleza.
    
Volvíamos al lugar y, otra vez, por todos los lugares, el tema recurrente era el único que estaba en la boca de cualquier contertulio.
    
Nos contaron que las niñas ya no se mantenían en posición estática, sino que, durante el éxtasis cambiaban de posición. Ante esa disyuntiva y, claramente por mí mismo, sin ningún tipo de obligación ante nadie, casi de forma circunstancial, decidí interesarme por la evolución de los hechos.
    
Acudí al siguiente éxtasis en actitud de mero observador y, una vez más, lo conocido me impresionó vivamente. Las niñas, en pleno éxtasis, se levantaron y, manteniendo la cabeza levantada, se dirigían calleja arriba hacia los pinos, de los cuales ya se ha hecho mención en el presente relato.  Paradas bruscas, caídas de rodillas, carreras a toda velocidad monte arriba, todo ello sin perder su fijación en la mirada hacia el cielo, dieron como resultado una consecuencia lógica, confirmada, fundamentalmente por Conchita en la cocina de su casa. La visión se trasladaba a velocidades dispares y ellas imprimían mayor o menor celeridad para seguirla. Al acabar todas esas correrías ya había caído la noche y, ante la pérdida de algunos objetos personales por parte de los concurrentes durante las mismas, Conchita se encargaba de decir a su hermano Serafín el lugar donde, presumiblemente, se hallaban y el objeto de que se trataba. Estaba bien cerrada la noche y, aunque todos los presentes abogábamos porque la búsqueda se pospusiera para el día siguiente, a Serafín le faltó tiempo para salir en su búsqueda. Al poco rato, se presentó con unos rosarios y unos zapatos que eran objetos extraviados por algunos de los allí presentes.
    
A partir de ahí, los acontecimientos, muy dispares, adquirieron un ritmo vertiginoso. Todos, absolutamente todos los habitantes del lugar, estábamos en estado de alerta, por ver si ocurría algo verdaderamente asombroso, parecía que la manifestación de un milagro era inminente.
    
Ya no existía horario predeterminado y, en cualquier momento del día o de la noche, podían vivirse situaciones límite.
    
A todo eso se seguía incrementando la afluencia de gentes, allende inclusive nuestras fronteras. La alternativa presentada por las chiquillas, a renglón seguido, era el trasladar las correrías y, yo diría que las “volerías”, al núcleo urbano, por imperativo de la movilidad cierta de la imagen que visualizaban durante los éxtasis.
    
Hay que decir que, en aquella época, el pavimento del lugar no era ni mucho menos el actual, estando compuesto el mismo de piedras, cantos rodados, arcilla y agua. Que, por otra parte, no existían puntos de luz nada más que en algunos lugares concretos, estando inmerso el resto en la más profunda de las obscuridades. Todo ello aderezado con un trazado de calles singular y laberíntico.
    
Pues bien, en aquel escenario tenía lugar durante las tardes-noches y, posteriormente, durante las noches cerradas, un espectáculo que a mí particularmente me dejaba atónito; las chiquillas, dejando el lugar del éxtasis, se trasladaban, con la mirada clavada en el cielo, a uno y otro lado de las encrucijadas urbanísticas anteriormente reseñadas pero, siempre manteniendo su posición de salida, es decir, cuando la imagen paraba, ellas se paraban, iniciaban una especie de diálogo y, a renglón seguido, trasladándose la imagen en dirección opuesta, ellas lo hacían también pero, de espaldas, echando más hacia atrás sus cabezas y no dando un giro de 180º. Cuando la imagen imprimía más velocidad, ellas, levantando los brazos en forma de cruz, imprimían tal velocidad que los mozos del lugar acostumbrados a andar por pedregales y, ni qué decir tiene de la gente de fuera, se las veían y se las deseaban para poder seguirlas durante aquellas jornadas diurnas y, en su mayor parte nocturnas, en las que más de un tobillo sufrió algún tipo de descalabro.
    
En otros días se llegaban a la iglesia parroquial, entraban en ella y saltaban de un banco a otro de rodillas, se balanceaban en equilibrio inestable, de pie, en la balaustrada del coro, con peligro de su integridad física, mostrándose como desquiciadas, pero muy seguras de sí mismas.
    
En días sucesivos, comenzaba a manifestarse de manera más acusada, el protagonismo de Conchita, siendo, al parecer, la elegida para dar a conocer al mundo, mediante sus implicaciones, la noticia del alcance de los hechos acontecidos en Garabandal.
    
En algún momento del día, en solitario, entraba en éxtasis en los pinos. Con su posición primitiva de anteriores ocasiones, charlaba amigablemente con la Señora y, ya siendo de por sí asombrosa tal referencia, para mí lo era casi más lo siguiente: la multitud, viendo que daba a besar a la imagen su medalla, ni corta ni perezosa, se enfrascaba en la tarea de dar a Conchita objetos personales o piedras y ramas del suelo para que, a su vez, ella se los diera a besar a la Señora. Yo me encontraba allí, fijándome en cuanto acontecía, pudiendo constatar que Conchita recibía los objetos sin apartar para nada la vista del cielo, su mano derecha se desplazaba hacia un lado para que la dieran el variopinto objeto, lo recogía y, levantando el brazo, se lo daba a besar a la imagen. A renglón seguido, lo dejaba caer al suelo. Así una y otra vez. Acabado el éxtasis, encontraba a sus pies un montón de objetos dispares, los cuales tenía que devolver a sus dueños. Aquí empieza lo tremendo. Sin ningún tipo de duda, sin haber visto antes los objetos ni a sus poseedores, elegía los objetos y, por indicaciones, se los iba dando a aquéllos que anteriormente a ella se los habían dado. Ni qué decir tiene que todos los allí presentes, especialmente aquéllos a los que les eran devueltos sus objetos, quedaban conmocionados.
    
El verano iba transcurriendo, el lugar se había convertido en un lío monumental y, ocurrió que Conchita anunció que, en un día determinado, se produciría un milagro por ver si los más recalcitrantes creían en el mensaje relativo a la colmatación de la copa intercediendo para que el mundo no fuera castigado.
    
Hasta ahora, las chiquillas venían comulgando –eso, al parecer era lo que hacían cuando parecían que comían- de forma invisible, pero, en el día elegido, Conchita de nuevo, era la elegida para recibir de mano del ángel la comunión de manera física y visible.
    
La noticia conmovió a todos. El lugar atestaba de gente y, yo, por mi parte, me dispuse a no perder un detalle del acontecimiento anunciado. Me preparé con ropa y calzado adecuado y potente linterna, a la espera del suceso. Caída la tarde, todo el mundo se preguntaba dónde estaba Conchita. Saliendo de su casa, ya prácticamente hecha la noche, entró en éxtasis dinámico y, dándose una vuelta por el núcleo urbano, fue a caer de rodillas, siempre en éxtasis, en una plazuela próxima, relativamente, a su casa. Yo estaba prácticamente pegado a ella. Mi linterna apuntaba directamente a su cara, conocedor de no infligirle ningún daño. Al poco, abrió su boca quedando al descubierto su lengua, la cual estaba limpia, inmaculada. Yo, permanecía con mi linterna apuntando ésta a la boca, prácticamente metiendo en su boca el punto de luz. De repente, me quedé perplejo, cuando pude ver en su lengua un punto blanco, punto que fue tomando cuerpo, agrandándose en forma espiralada, hasta alcanzar un diámetro aproximado de una peseta rubia de aquel entonces y un espesor de unas dos pesetas superpuestas. A raíz de ahí, permaneció unos instantes de esa manera y, de idéntica forma a como se estructuró, se fue disipando hasta llegar a convertirse en nada. Es decir, no deglutió la forma física generada. Así comulgó Conchita. Poco después, ella volvió a su estado natural dejando tras de sí un halo misterioso que quizás el tiempo pueda llegar a descrifrar.
    
Yo, por mi parte, una vez más, quedé más que impresionado, pensando si llegará el día en que todo esto redunde en un bien para toda la humanidad y de si la Iglesia, hechas las oportunas averiguaciones y estudios, pudiera llegar a decir que en esta aldea montañesa se gestó un hecho milagroso, bajo la advocación de Nuestra Señora de Garabandal.
    
Agotadas mis vacaciones, con la satisfacción del deber cumplido por las clases impartidas, aunque no hasta el punto por mí deseado y, por supuesto, con la profunda huella dejada en mi ser por los acontecimientos vividos, volví a mi Santander nativo a disfrutar de la vida familiar y cotidiana.
    
Tengo en la actualidad sesenta y cuatro años y, de todo lo relatado doy fe testimonial a los efectos necesarios.
        

                En Santander, a 28 de febrero de 2005.

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