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  • Documentación

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Miguel Ángel González, hermano de Jacinta

La primera vez que oí hablar de las apariciones fue el día que ellas decían que habían visto al Ángel, el 18 de junio de 1961. Fui a ver los éxtasis cuando fue la mayoría de la gente.
¡No tenía ganas de ir!. A los cuatro o cinco días decidí ir. El día antes, fueron ya unas mujeres del pueblo y entonces lo contaron. Y al otro día fue casi todo el pueblo.
Cuando llegué no estaban en éxtasis. Rezaron un rosario antes en la «calleja». Después del rosario cayeron las cuatro en éxtasis de golpe. Yo noté que no era normal; pero no creía que era la Virgen.
Los primeros días, mis padres, igual que yo, no lo creían. No querían que se enterara la gente de nada. Jacinta les decía que quería volver allí otro día y entonces ellos le decían:
-- Pues marcha por donde no os vea nadie, una por cada esquina, y juntaros allá, donde no os vean
Hasta aquel día que fue la gente allí.
He visto unos doscientos éxtasis por lo menos. Se les cambiaba mucho la cara, una cara sonriente y nunca ninguna señal de cansancio o de fatiga y después del éxtasis, nada; al contrario, tan frescas.
En aquella época, yo tenía trece años y corría bastante. Cuando se desplazaban a gran velocidad, las seguía; tenía que correr, pero las seguía. Lo que pasa es que, al final, yo estaba sudando y ellas ¡tan frescas!.
 
La Virgen espera pacientemente a que Miguel bese el Crucifijo:
Un día yo estaba en la cama, en un cuarto oscuro porque no había luz. Las tres estaban en éxtasis e iban a darme el Crucifijo a besar. Yo no lo quería besar. Yo estaba despierto y no lo quería besar. Igual se tiraron allí un cuarto de hora. Estábamos a oscuras y me lo ponían sobre la boca. Ella no sabía si yo lo besaba o no. Ella me lo pegaba en los labios; pero yo no le besaba. Ellas no veían y, en el momento que lo besé, ellas se marcharon.
Los padres hacían pruebas con ellas para ver si era verdad. Muchos días sabían que iban a tener éxtasis, pero no sabían a qué hora. Entonces las separaban, una en cada casa. Y estando separadas, a la misma hora caían las tres o las cuatro en éxtasis, estando cada una en su casa.
Cuando las noches de los gritos yo estaba allí. Era en la «calleja» y había mucha gente del pueblo aquel día. La primera noche eran Jacinta y Loli. A la segunda noche fue Conchita también.
Cuando empezó el éxtasis, la gente se quedó más abajo, pero después las niñas se acercaron mas abajo y entonces la gente se puso delante de ellas. Quedaron a dos metros aproximadamente de ellas. Y la gente llorando. Creían todos que se iba a terminar el mundo aquella noche. Había emoción y miedo por causa de los llantos de ellas y las caras que tenían. Le decían a la Virgen que no viniera el Castigo aquella noche:
-- ¡esta noche no, que no sea esta noche,... ¡ay, déjalo para otro día, esta noche no... déjalos unos días más a ver si se confiesa la gente!.
La gente creía que aquel día se terminaba el mundo. Y al otro día, todo el mundo fue a confesar, toda la gente del pueblo, yo también. Ellas estaban como si tenían miedo, lo noté muy claro.
También, en otra ocasión, yo oí lo de las negaciones. Me habían dicho ellas que tenia que llegar el día en que lo iban a negar. Y entonces le decían ellas a la Virgen:
-- ¿Cómo vamos a negar que te hemos visto si te estamos viendo ahora?; ¿Cómo será posible que lleguemos a negarlo?.
Eso, yo lo oí.
Una noche iba con Jacinta y Loli, que tenían costumbre de ir al cementerio. Iba con tanto miedo que las dejé solas. Se marcharon para el cementerio. Me quedé viendo por donde iban. Yo tenía un año más que ellas y no me atrevía a ir. Entonces llegaron ellas solas; luego vino más gente y entonces fuimos allá con ellas.
Ellas no tenían miedo de ir al cementerio, no, nada. Allí metían la mano por la verja de la puerta, que es de hierro. Entre las barras de hierro, metían el brazo entero, con el Crucifijo en la mano, y lo daban a besar a unas cuarenta o cien personas, para arriba, para abajo, como si tuviesen alturas diferentes, daban a besar el Crucifijo a un gran número de personas difuntas.
Muchas veces las niñas en éxtasis tenían costumbre de ir a llevar el Crucifijo a las personas enfermas y ancianos. Algunas veces a uno que era muy anciano o que estaba ya para morir o que estaba muy enfermo, iban allá por la noche y rezaban dos o tres rosarios con él.

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