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Por qué creo en Garabandal

Autor: Enrique Álvarez
Fecha: 25 de junio 2011

Sin duda son muchas las personas que se preguntarán por qué un católico medianamente ilustrado, y fiel al magisterio de la Iglesia, para más inri, puede creer en algo de tan notorio descrédito como parecen serlo las apariciones de Garabandal, de cuyo inicio se cumplen estos días cincuenta años. Debo explicarlo aquí con la máxima claridad. Mi fe en la certeza de aquellas apariciones y en la veracidad de su mensaje no tiene nada que ver con un gusto mío por lo excéntrico religioso, ni es decadentismo o nostalgia de la cristiandad perdida, ni un afán epatante propio de mi condición de literato. Tampoco es afición a la paradoja (y la suprema paradoja cristiana sería aquella de Tertuliano: 'Credo quia absurdum').
No, yo no creo en estas apariciones precisamente porque sean absurdas. Me permitirá el lector católico que tampoco invoque aquí razones de orden sobrenatural, es decir, del orden de la gracia. Prescindiendo, pues, de éstas, aunque sin excluirlas, diré simplemente que creo en Garabandal después de un largo estudio y de una profunda reflexión. Lo hago, pues, con la cabeza, aunque no deje aparte el corazón, ni mucho menos.
Y lo que yo he hallado tras esa reflexión y estudio es que en Garabandal se dio un admirable fenómeno de diagnosis teológica y de anticipación histórico-eclesiástica. Fue, por decirlo en román paladino, una profecía 'como la copa de un pino'. Una profecía hecha en un momento crucial de la historia, y válida para todo el orbe católico: de ahí su extremado valor.
Claro está que a los optimistas, a quienes piensan que el catolicismo ha seguido un rumbo favorable desde 1961 a 2011, aquello que pasó en Garabandal no puede decirles nada. En cambio, los que ven en nuestra Iglesia un panorama más bien sombrío y crepuscular deberían reconocer en los sucesos, mensajes y signos que se dieron en la aldea cántabra entre 1961 y 1965, una lección admirable, una explicación asombrosamente anticipatoria de por qué estamos como estamos. Es análogo a lo que ocurre con quien ya no cree en el pecado original: quien ha dejado de creer que el ser humano nace siempre dañado y necesitado de una terapia radical y dolorosa, ha perdido toda capacidad para entender lo esencial de la religión de Cristo.
Quienes, conscientes del mal rumbo del catolicismo en este periodo, hemos ahondado en la historia de Garabandal, nos topamos con que esa lección comprende al menos cuatro temas recurrentes, cuatro aspectos esenciales de la vida cristiana: 1.- La belleza de la oración y del sacrificio; 2.- La defensa de lo sagrado y del sacerdocio jerárquico; 3.- La necesidad de la adoración eucarística; y 4.- La necesidad de pedir por las ánimas, esto es, la comunicación entre la Iglesia militante y la purgante.
Cuatro aspectos que son el mejor resumen que cabe hacer de Garabandal, cuatro enseñanzas vitales que vino a darnos la Virgen a través de cuatro niñas llamadas Dolores, Jacinta, Concepción y Mari Cruz, y que responden a ese grave momento histórico en que una mayoría del pueblo católico, arrastrada por la flojedad de buena parte del clero -arrastrado éste, a su vez, por la presión monstruosa del modernismo-, empezó a secundar estas cuatro desviaciones correlativas: Primero, que la oración y la vida ascética son cosa del pasado; segundo, que ser cura no tiene otro sentido que el de ser un hombre para los demás; tercero, que a Dios sólo hay que darle culto en la acción exterior caritativa; y cuarto, que el Más Allá no es asunto nuestro, que los muertos sólo están en nuestro corazón.
La llamada de Garabandal apeló a la fe del pueblo para evitar estos cuatro peligros, pero el pueblo falló. Y falló porque un espíritu perverso, o digamos simplemente equivocado, se infiltró allí desde el principio: el afán de sensacionalismo, el apetito de las masas que subían a la aldea no a fortalecer su fe y su vida espiritual sino a por la ocasión de asistir a un suceso portentoso que eclipsara, como mínimo, el milagro del Sol de Fátima. Y no era eso lo que la Virgen venía a darnos; hubo allí un conflicto, un extraño desencuentro. Qué patético el papel de las niñas cuando, inducidas desde bien pronto por esa masa, insistían en pedir en sus visiones el milagro. Lo que la Virgen venía a darnos quedó claro en sus dos mensajes: sacrificio, oración, eucaristía, caridad; nada más y nada menos; y como no le hicieron caso, acabó por callarse.
Pero no hay nada que reprochar a las niñas. Ellas lo hicieron muy bien hasta donde pudieron. Ellas no eran más que transmisoras, seguramente las mejores posibles, porque la Virgen eligió a unas niñas normales, cien por cien sencillas e inocentes. Si quizá acabaron resabiándose o engañándose en los momentos finales, sólo fue culpa de la naturaleza humana y del constante hostigamiento que sufrieron por parte de los funcionarios del obispado.
Garabandal no es Lourdes ni Fátima, no es una historia de plena santidad. Como escribió Eugenio García de Pesquera, Garabandal está más «en la línea de la Historia de la Salvación, en la línea de la misma Iglesia, donde las hermosas y altísimas intervenciones del cielo han tenido que entremezclarse con lamentables y repetidas miserias humanas». Pero depreciar una de estas intervenciones, seguir medio siglo después ignorando unos signos tan claros del amor de la Virgen, dejar que los respetos humanos prevalezcan sobre el deber de atender al Espíritu y de aprovechar las gracias celestiales que se dieron en aquel lugar nuestro, y, sobre todo, desdeñar sus frutos de futuro, parece un caso de tremenda dureza y de triste ingratitud por parte de la Iglesia santanderina.

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