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Pensamiento mariano para el mes de noviembre

«Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la estrella del mar: ¡Invoca a María!» (San Bernardo de Claraval).

Santa Catalina de Siena

"¡Santísima Virgen, no mires mi debilidad, sino dame la gracia de tener como esposo a aquel a quien yo amo con toda mi alma, tu Santísimo Hijo, nuestro único Señor, Jesucristo! Os prometo a Él y a ti que nunca tendré otro esposo".

s catalina siena

Catalina nació en Siena (Italia) el 25 de marzo del año 1347. Era la penúltima de los 25 hijos de Jacobo Benincasa y Lapa Piacenti. Catalina aprendió de su padre la caridad para con los pobres y de su madre el amor al trabajo y el ánimo para emprender labores difíciles. La biografía de Sta. Catalina es muy extensa, pero podemos destacar, entre las muchas notas biográficas, el amor y la confianza que tuvo con la Virgen Santísima desde temprana edad. A lo largo de su vida buscó en la Virgen refugio y ayuda. Desde pequeña subía y bajaba las escaleras de su casa rezando avemarías. Ante un cuadro de la Virgen se ofreció al Señor con las palabras que ofrecemos en este pensamiento mariano. Tomó como única Madre a la Virgen Santísima cuando fue rechazada por la familia al no querer contraer matrimonio. Bajo la mirada de la Virgen, creció y vivió en humildad, obediencia y caridad. Con estas actitudes conquistó a su familia y recibió el permiso de ser miembro de la Tercera Orden de Santo Domingo. Se dedicaba con generosidad a los pobres y a los enfermos. Su corazón pertenecía totalmente al Señor, su único esposo. De las muchas experiencias místicas que tuvo con la Santísima Virgen destaca lo sucedido el día antes de su profesión religiosa. De pronto, se encontró frente a la Madre de Dios, teniendo en sus manos un traje de oro, y con su voz suave y tierna, la Virgen le dijo: "Este vestido, hija mía, lo he traído del corazón de mi Hijo. Estaba escondido en la herida de su costado como en una canasta de oro, y te lo hice con mis propias manos". Con ferviente amor y humildad, Catalina inclinó su cabeza, y la Virgen le impuso el vestido celestial. La misma Virgen quien, en el desposorio místico con Jesús, puso la mano de Catalina en la de su Hijo. Así transcurrió su vida creciendo en amor a Dios y a su "dulce Madre", a quien acudió no solo para sí, sino también para los demás. Se dirigía con confianza a la Madre de Misericordia pidiendo la conversión de los pecadores más endurecidos, elevando los ojos al cielo y repitiendo el nombre de "María" hasta alcanzar el favor. Catalina tenía una gran devoción al Niño Jesús. Una noche de Navidad, mientras oraba, tuvo una visión en la que la Virgen María se le apareció adorando al niño recién nacido. Catalina suplicó que le permitiera coger por un momento al niño en brazos. Con una sonrisa, la Virgen le entregó al niño. Durante su vida sufrió mucho por la Iglesia. La Virgen quien la sostuvo en sus sufrimientos. En solo 33 años alcanzó la santidad, viviendo y sufriendo heroicamente. Fue canonizada por el Papa Pío II en 1461 y proclamada doctora de la Iglesia por el Papa Pablo VI en 1970. Juan Pablo II, en 1999, la declaró Patrona de Europa.

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