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Pensamiento mariano para el mes de enero

«Si Pedro ha sido proclamado bienaventurado, ¿no llamaremos bienaventurada entre todos a la Virgen que ha dado a luz a Aquel a quien Pedro ha confesado? Si San Pablo es llamado vaso de elección porque ha llevado el nombre de Cristo por toda la tierra, ¿qué vaso es, pues, la Madre de Dios, que lo llevó en su seno?» (San Basilio).

San Basilio fue Padre de la Iglesia y un gran obispo. Es admirado tanto por la Iglesia de Oriente como la de Occidente por su santidad de vida y por la excelencia de su doctrina. Nació alrededor del año 330 en Cesarea, Capadocia, en Asia Menor. Estudió en Atenas y Constantinopla con los mejores maestros pero muy pronto se cansó de éxitos mundanos y se arrepintió de haber perdido tiempo en las vanidades. Él mismo dice: «Un día, como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable luz de la verdad del Evangelio… y lloré sobre mi miserable vida». Se sintió atraído por Cristo y comenzó a mirar y a escucharle solo a Él. Se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las Sagradas Escrituras y en el ejercicio de la caridad. Desarrolló una actividad pastoral intensa y entregada. Fue uno de los obispos que lucharon contra la herejía arriana. Agotado por el trabajo incansable y la enfermedad murió el 1 enero del año 379.

San Juan Berchmans

«Acudamos llenos de confianza a la Virgen, porque Ella nos ha traído a Dios, y es, en cierto modo, un acueducto del que fácilmente sacaremos el agua celestial de Cristo a nuestros huertos; es Ella una reina riquísima y generosísima. ¿Qué lugar más seguro que las llagas de Jesús y los brazos y el regazo de la Reina de los Ángeles?».

 

bartolo

San Juan Berchmans nació en Bélgica el 13 de marzo 1599, en una familia de buenos cristianos. Era uno de cinco hijos, 3 de los cuales se consagraron al Señor. Fue siempre bueno en casa y ayudaba a su madre en lo que podía. Hizo sus estudios en el seminario de Malinas y luego entró en el noviciado de los jesuitas de la misma ciudad. Se distinguió por su caridad, estudio y piedad. Tuvo una gran devoción a la Virgen Santísima, a quien deseaba amar con un amor muy afectuoso, no queriendo parar hasta conseguir tal amor. Vivía bajo la mirada de esta dulce Madre. Durante su vida fue defensor del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y, en el último año de su vida, Juan se había comprometido, firmándolo con sus propia sangre, a “afirmar y defender dondequiera que se encontrase el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María”. Deseaba practicar todas las virtudes y se esforzaba en observar perfectamente sus obligaciones, sin excusas. Aprovechaba las cruces diarias, trabajaba apasionadamente por la gloria de Dios, hacía cada cosa en su momento sobrenaturalizando la intención. Solía decir: "Cuando hay que orar, ora con todo amor; cuando hay que estudiar, estudia con toda ilusión; cuando hay que practicar deporte, practícalo con todo entusiasmo”. Deseaba hacer las cosas siempre con más amor. Su estudio lo hacía pensando en el futuro apostolado que tendría y en las almas con las que se encontraría. Murió joven, diciendo que su mayor consuelo era no haber quebrantado nunca, en su vida religiosa, regla alguna ni orden de sus superiores y no haber cometido nunca un pecado venial con advertencia y deliberación. Antes de morir estrechó contra su pecho el crucifijo, el rosario de la Virgen y el libro de las Reglas, diciendo: “estas son mis tres prendas más queridas, con ellas muero contento”. Murió el 13 de agosto de 1621. Sus últimas palabras fueron: "Jesús, María".

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