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Pensamiento mariano para el mes de febrero

«No le bastó a Dios entregarnos a su Hijo en una Cruz, sino que además nos dejó a María. Honrando a la Virgen, amaremos más a Jesús; poniéndonos bajo su manto comprenderemos mejor la misericordia divina. ¡Qué grande es Dios, qué dulce es María!» (San Rafael Arnáiz).

San Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911, en Burgos (España). Estudió en el colegio de los padres jesuitas, donde recibió la primera comunión en 1919. Desde pequeño mostró gran sensibilidad por las cosas de Dios. En 1922, tras haberse recuperado del primer brote de una enfermedad que marcaría toda su vida, su padre, que atribuyó la curación a una intervención especial de la Santísima Virgen, lo llevó en agradecimiento a Zaragoza, donde lo consagró a la Virgen del Pilar. Según pasaban los años, crecía en muchas cualidades, como la amistad, y también crecía en su vida cristiana. Dios puso en su corazón un deseo de consagrarse en la vida monástica. Tras haber tomado contacto con la Trapa de monjes cistercienses de San Isidro de Dueñas, se sintió fuertemente atraído, porque veía que correspondía a sus deseos íntimos. Ingresó allí el 15 de enero de 1934. Tuvo que abandonar tres veces el monasterio a causa de la enfermedad con la que Dios quiso probarlo misteriosamente: la diabetes sacarina. Cada vez volvía con más anhelos de generosidad y fidelidad, que se vieron colmados cuando el 26 de abril, con solo 27 años de edad, entregó su alma a Dios. Fue declarado beato por el Papa Juan Pablo II en 1992 y canonizado el 11 de octubre de 2009.


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Beato Pablo VI

«La misión maternal de la Virgen empuja al pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora. Por eso, el pueblo de Dios la invoca como consoladora de los afligidos, salud de los enfermos, refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado».

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Santa Ángela de la Cruz

«Madre mía, Señora mía, Reina mía, maestra de la mansedumbre y de la humildad, enséñame, que yo no deseo otra cosa que aprender de Vos, purísima, limpísima, hermosísima, blanquísima, bellísima, santa María, mi esperanza, mi consuelo, mi felicidad, mi dicha».

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Nuestra Señora a Santa Bernadette Soubirous

«No prometo hacerte feliz en esta vida, pero sí en la otra».

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San Juan de la Cruz

«La Madre de Dios es mía, porque Cristo es mío».

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San Felipe Neri

«Sólo pensar en María llena de consuelo mi alma. Ella es mi delicia».

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Beato Juan Escoto

«Te alabaré, oh Virgen sacrosanta; dame valor contra tus enemigos».

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San Maximiliano Kolbe

«Concédeme alabarte, Virgen santa, concédeme alabarte con mi sacrificio».

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Arzobispo Fulton J. Sheen

«La clave para entender a María es esta: No comenzamos con María, comenzamos con Cristo, el Hijo de Dios vivo. Cuanto menos pensamos en Él, menos pensamos en Ella; cuanto más pensamos en Él, más pensamos en Ella; cuantos más adoramos la Divinidad de Él, más veneramos la Maternidad de Ella».

 

 

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