• Anécdotas

    del tiempo de las apariciones
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«Este ya está besado»

medalla escapulario

Francisco García Bañuelos es nieto de don Vitoriano, que fue, tiempo antes de las apariciones, el maestro de la escuela de San Sebastián de Garabandal. En el año 1961, Francisco vivía en Santander y tenía diecisiete años. Las primeras noticias de lo que estaba pasando en el pueblo de sus padres las recibió estando en el Hospital de Valdecilla, donde pasó todo el verano ingresado a consecuencia de un accidente. Cuando su familia bajaba a Santander para verlo, comentaban de las cuatro niñas que decían que veían a la Virgen. Pero Francisco tuvo que esperar a estar recuperado para empezar a subir a San Sebastián de Garabandal. Entonces pudo comprobar por sí mismo lo que por allí estaba pasando.

Ha sido testigo de muchas apariciones y de muchas situaciones asombrosas, en numerosas ocasiones desde la privilegiada posición de los «mozos» del pueblo, que rodeaban a las niñas para protegerlas de una multitud ansiosa de ver más de cerca los sucesos. Haciendo con los otros mozos una cadena humana, estaba, por ejemplo, la noche en que las niñas leyeron el primer mensaje en los Pinos. Era el 18 de octubre de 1961 y hacía «una noche de perros», como decimos en España. Llovía y llovía sin parar sobre los miles de forasteros que se habían congregado a la espera del mensaje. Era noche cerrada, y en los Pinos no había más luz que la de algunas linternas. La gente se les echaba encima tratando de estar más cerca de las niñas y, sobre todo, tratando de escucharlas. En medio del forcejeo, perdió un zapato. Y estuvo el resto de la noche, quizás una hora y media o dos horas, caminando descalzo por las piedras de la Calleja y la aldea, que más parecía una cantera que un pueblo. Y todo el tiempo recibiendo pisotones, resbalando en el barro, tropezando con las piedras en medio de la oscuridad… Cuando por fin llegó a casa de su abuela, se lavó el pie, pensando que lo iba a encontrar destrozado: «Me miro, y yo creí que tenía el pie destrozado, porque había llevado pisotones... Y, ¡ni un rasguño! Vaya, nada de nada. Y había estado hora y media o dos horas así». Algo parecido le ocurrió en otra ocasión cuando, siguiendo un éxtasis, se cayó y se hizo una herida en una rodilla. Sangraba abundantemente, así que se acercó a un regato a lavarse. Al quitar la sangre, se dio cuenta de que no había herida debajo. No había explicación y, seguramente —de no haberlo vivido en primera persona— Francisco no se lo hubiera creído, porque como él dice: «Yo era muy escéptico, ¿eh?».

También tuvo la suerte de ver el milagro de la comunión visible, el 18 de junio de 1962. A menos de dos metros de distancia de Conchita, pudo ver cómo la forma —de una blancura extraordinaria— se formaba sobre la lengua vacía de la niña. En varias ocasiones, durante las marchas extáticas, trató de seguir a las niñas en sus carreras, y comprobó que –a pesar de su juventud y fuerza- era imposible seguir su ritmo.

Pero, sin duda, la experiencia que más le impresionó ocurrió en el año 1963, cuando él tenía ya 19 años. En ese momento, él estaba cumpliendo con el servicio militar en el Pardo (Madrid). Y, un buen día, se dio cuenta de que se le había roto la cadena de la medalla escapulario que llevaba al cuello. En cuanto pudo se lo envió a su madre para que lo llevara a arreglar. Y su madre, en una de las subidas a Garabandal, aprovechó la situación para dárselo a las niñas y que nuestra Madre lo besara. Una medalla más entre las muchas que cada día recibían el beso de la Virgen.

Al cabo de un tiempo, Francisco volvió con unos días de permiso a casa y aprovechó para subir él mismo al pueblo. Ya en Garabandal, le dio su escapulario a Conchita, totalmente ignorante de que su madre ya lo había entregado tiempo atrás y de que estaba ya besado. La niña lo tomó y, llegado el momento oportuno, se lo ofreció a nuestra Madre, entre los otros muchos rosarios y medallas que llevaba esa tarde colgados de sus brazos. Pero justo este, justo el escapulario de Francisco, fue rechazado con un suave gesto de la Señora: «Este ya está besado». Conchita lo sacó con un gesto rápido del montón de medallas —sin que se engancharan las cadenas—, y se lo devolvió a Francisco. La reacción del muchacho fue inmediata y la propia de sus diecinueve años recién cumplidos: «¡Yo me cogí un cabreo…! ¡Y a mi madre la eché una bronca...! Me cogí un rebote con mi madre, porque no me había dicho que ya estaba besado. Pensaba que había quedado como un idiota».

Esa noche, Francisco se acostó enfadado, y no sin razón. Le parecía haber hecho el ridículo delante de todo el pueblo. Pero, pasado un tiempo, comenzó a pensar: «Y, ¿cómo sabía esta niña que justo ese escapulario ya estaba besado?». Con la cabeza alzada, la mirada vuelta hacia lo alto, sin poder mirar las medallas, realmente, en medio del jaleo de la gente, con las manos llenas de otros muchos rosarios y medallas…  «¿Cómo sabía esta niña que justo ese escapulario ya estaba besado?». ¿Y cómo sabía, entre tantos objetos, que esa medalla era suya? Y finalmente, ¿cómo sabía dónde estaba él, en medio de la multitud, para devolverle la cadena ya besada? Tantas preguntas sin respuesta se le fueron cruzando por la cabeza… Al final, cuando el enfado se le pasó y Francisco se serenó, comprendió que, gracias a su madre, había recibido una prueba contundente de la verdad de lo que las niñas afirmaban, la señal que nuestra Madre le daba a él.


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