anillo

Después de la lectura del primer mensaje en los pinos, aquel día lluvioso del 18 de octubre de 1961, el corazón de muchos se hizo como de noche. Acompañó al temporal atmosférico un viento de decepción. ¿Esto era todo? Entre los que pasaron una “prueba” aquella noche estaba el P. Ramón María Andreu. Había sido favorecido pero fue también probado. Él mismo lo relataba:

«Me invadió de golpe, brutalmente, una integrísima amargura interior. Era como una mezcla de impresiones penosas y de sentimientos deprimentes. Me parecía que todo se dislocaba, como si todo se me derrumbaba. Acababa de entrar en un desierto moral. El pasado se embrollaba… Solo quedaba clara y evidente la muerte de mi pobre hermano, el P. Luis, poco más de dos meses antes.

Luego, con lo que estaba pasando en los pinos, mi estado de sufrimiento interior no hizo más que empeorar. Creo que jamás, a lo largo de mi vida, he conocido una tal desolación… Sentí violentas ganas de marchar, lejos, a América. Y me decía: “¿Qué haces tú aquí? Esas niñas no son más que unas pobres enfermas. Y todo esto, una triste comedia de aldeanos retrasados….”.

Me quedé parado unos minutos. Con la vista interrogaba al cielo. Hubiese clamado, para que se produjera el gran milagro, que ciertamente las niñas no habían anunciado jamás para este 18 de octubre. Nada pasaba… Y mi decepción era total.

Cambié de sitio, y nuevamente permanecía parado durante un tiempo que no puedo precisar. Estaba como inconsciente, sólo advertía en torno mío el continuo pasar de la multitud, que me desbordaba por un lado y por otro; las linternas se acercaban y se alejaban en la oscuridad… De golpe, una de ellas me dio en la cara con su haz de luz. Un amigo que bajaba me acababa de reconocer y quería darme rápidamente sus impresiones: “Esto es maravilloso… Esto es estupendo”.

Y le dejaba hablar, replicándole en mi interior: “¡Ya comprenderás mañana!”. Y me daba pena su entusiasmo, así me irritaba.

Juntos fuimos bajando al pueblo. Creo que yo había permanecido en la ladera del monte no menos de una hora, viendo subir y bajar linternas como una pesadilla.

Me cobijé de momento en una casa cualquiera, para no mojarme; pero me sentía tan desilusionado que todo me molestaba. Por eso salí y dirigí mis pasos a la casa donde me estarían esperando: necesitaba de caras conocidas, para no sentirme tan solo… Al poco rato, llegó Amaliuca, hermana, de Lola, algo más pequeña que ella. Señalándome a mí y a otras dos personas dijo: “Dice Loli que vayas tú y tú y tú”.

Yo no tenía ganas ni intención de ir. Me decidí al fin, pensando: “Bien, visitar a los enfermos sigue siendo una obra de misericordia”. Aseguro que, si fui, fue con el propósito de darle a ella y a todo aquello el adiós definitivo. 

Llegamos a la casa de Ceferino y subimos al piso de arriba: habría allí como una docena de personas; en medio de ellas, Loli; parecía contenta, diría que hasta dichosa. Yo me busqué un rincón, y empecé a pensar en la inconsciencia de aquella criatura, y en la credulidad de quienes la rodeaban. 

Entonces ella viene hacia mí y me dice sonriente: “Siéntese usted”. Me señalaba una especie de camastro. Le obedecí como un autómata, y ella vino a sentarse a mi lado. La conversión que siguió, confidencial, creo que no se me olvidará en la vida:

- De ustedes tres hay uno que no cree… ¿sabe usted quién es?

- Sí, lo sé. ¿Lo sabes tú también?

- Ciertamente. La Virgen me lo ha dicho.

- ¿Cuándo?

-  Hace muy poco: cuando bajábamos de los pinos.

- Pues a ver: dínoslo.

- No me atrevo. Si fuera uno de los otros dos…

- Sí, yo soy; y ya no creo en nada.

En los ojos infantiles de Loli brilló una sonrisa comprensiva.

- Nos dijo la Virgen: “El Padre duda de todo, y sufre mucho. Llamadlo y decidle que no dude más, que ciertamente soy yo, la Virgen, quien se aparece aquí. Y para que os crea mejor, le diréis: Cuando subías, subías contento; cuando bajabas, bajabas triste”.

Me quedé estupefacto, mirando a la niña.

Ella añadió: "A Conchita le ha hablando mucho de usted".

Me levanté; veía confusamente que aún no había llegado la hora de los adioses… Tomé el brazo a los dos amigos, que me miraban sin comprender y me preguntaban: “Pero ¿qué es lo que le ha dicho? ¿Qué pasa?, y les empujé hacia la puerta, diciendo: “¡Vamos en seguida a la casa de Conchita!”.

A pesar de lo intempestivo de la hora, Aniceta nos recibió.

- ¿Puedo estar con Conchita?

- Ya está acostada; pero usted puede subir, si quiere.

Subí con los dos amigos. Conchita estaba en la cama con su prima Luciuca, un año menor que ella. Tan pronto como me vio, sin esperar a que yo hablara, me dijo sonriente:

- ¿Estará contento, no? ¿O es que está triste todavía?

- Casi no lo sé. Loli me ha dicho que la Virgen te ha hablado mucho de mí.

- ¡Lo menos un cuarto de hora!

- ¿Y qué te ha dicho?

- Aún no se lo puedo decir.

- Entonces me quedo igual que antes.

Conchita sonrió.

- Bueno, algo sí que le puedo decir. “Cuando subía, subía contento; cuando bajaba, bajaba triste”.. Ella me ha dicho todo lo que usted estaba pensando… Y dónde lo estaba pensando… y que pensaba: “Ahora me voy a América”. Y en otro sitio pensaba: “Ya no quiero saber más de fulano o de fulano… Y usted sufría mucho. Me ha encargado que se lo diga y que le advierta que todo esto le ha pasado para que en adelante, acordándose de todo ello, no vuelva a dudar más”.

Como cualquiera puede comprender yo me quedé sin habla.

Al día siguiente, sobre una detallada fotografía de los pinos y sus alrededores, Conchita me fue señalando con el dedo cada uno de los sitios donde yo había estado y lo que había pensado allí. Puedo asegurar que no se equivocó en nada».