• Anécdotas

    del tiempo de las apariciones
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anillo

María Herrero de Gallardo asistió a más de 30 apariciones en San Sebastián de Garabandal. Traemos aquí algunos de los hechos extraordinarias de los que ella fue testigo en su primera visita.

«Después de varias vueltas muy rápidas por el pueblo las niñas se dirigieron hacia la iglesia. Allí, ante la puerta abierta, cayeron de rodillas y rezaron… Luego, Jacinta rio y dijo a su visión que no se atrevía a saltar por encima del umbral para entrar en el templo. La visión debió de insistir, y entonces ella, con la mayor naturalidad, muy suavemente, sin ninguna contradicción de su cuerpo, tal como estaba, con las manos juntas ante el pecho y de rodillas, saltó adentro por encima de los obstáculos del umbral, ante la estupefacción de todos los presentes. Ella sonreía a su visión. 

Las dos niñas se dirigieron como jugando hacia el altar; y allí, sobre la balaustrada del presbiterio, continuaron con su celeste juego…, que escandalizó a unos cuantos (todo esto lo llevaron al obispado de Santander, de donde vino luego una prohibición formal de que las niñas entraran en éxtasis a la iglesia, y por eso la cerraban durante los trances).

Yo puedo atestiguar que la belleza de actitudes durante su “juego” era en verdad cautivadora. Cayeron después a la larga, muy suavemente, delante del tabernáculo: Jacinta de costado, con su ropa cubriéndole muy decentemente las piernas, las manos cruzadas sobre el pecho; Loli, de modo similar, pero apoyando su cabeza sobre las rodillas de Jacinta. Durante esta situación, ciertamente muy conmovedora (allí había sacerdotes testigos, que la contemplaban con todo respeto), ellas desarrollaban un diálogo muy largo, muy íntimo, que yo apenas entendía, pero que me daba la impresión de ser como una conversación de hijas pequeñas con su madre, a quien le cuentan todas sus cosas y las del lugar». 

María fue testigo de cómo las niñas subieron al coro y comenzaban a jugar entre los barrotes. Dice ella:

«En algunos momentos daba la impresión de estar como para echarse a volar. Ellas me declararon más tarde que la Santísima Virgen les había dicho entonces que la siguieran sin miedo…, pero que no se habían atrevido. Dijeron ellas: “Si hubiéramos obedecido, hubiésemos volado”.

Después de mucho rato, se dirigieron, siempre en éxtasis, hacia la plaza… Junto a la casa de Fania, cayeron otra vez al suelo, tan largas como eran, Loli se incorporó la primera y se puso de rodillas, en oración, con un mirar espléndido en sus ojos llenos de luz; recitaba el “Dios te salve, María” de un modo conmovedor, y las lágrimas corrían de sus ojos. Vivía profundamente lo que estaba viendo, y tal vez fue entonces cuando contempló, como en un cuadro, a la Sagrada Familia. 

Un sacerdote, a mi lado, me llamó la atención que el trance duraba ya dos horas más veinticinco minutos. En ese momento llegó una joven pareja con una hijita de tres años, nacida sin ojos. La madre, con los ojos llenos de lágrimas, pedía y pedía a la Virgen un milagro. Las niñas en éxtasis se asociaron a su petición… El silencio sobre esta escena era impresionante… De pronto, la cieguecita rompió a cantar una canción encantadora, llena de alegría. La emoción nos dominaba. 

Por fin, Jacinta y Loli marcharon hacia la casa de esta última. Y vertiginosamente, sin que las pudiéramos seguir, subieron al primer piso, donde continuó la aparición. Poco después, la ventana se abrió de golpe, y vimos a las niñas echándose hacia fuera y gritando suplicantes a su visión que no las dejara, que las llevase con ella. Era impresionante la vehemencia con que lo pedían. Poco después empezaron a hacer gestos de adiós con sus manos, como si la visión se les alejara por el horizonte, a la izquierda de los Pinos».


 

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