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Navidades en albarcas

albarcas

Las navidades en el Garabandal de los años sesenta del siglo pasado eran fiestas de fe. La frágil economía doméstica de los bastianos -bastianos es el gentilicio utilizado para los habitantes de San Sebastián de Garabandal- no permitía hacer muchos extras en las celebraciones navideñas. Las madres de familia trataban de que la comida fuera un poco más abundante ese día, pero, aun así, no había lujos ni cosas especiales. En algunas casas, se abría una lata de callos para acompañar la comida, y eso ya era hacer algo extraordinario. Los abuelos esperaban a sus nietos para hacer fiesta con castañas y avellanas, y les preparaban las típicas torrijas, que hacían las delicias de los niños.

En líneas generales, la austeridad que marcaba el día a día de los sacrificados habitantes de la pequeña aldea marcaba también las fiestas de Navidad. ¿Quién sabe? Si el Niño Jesús no hubiera nacido en Belén, quizás hubiera podido nacer en Garabandal. Desde luego, hubiera encontrado tanta pobreza como en la cueva bendecida por su nacimiento. Y hubiera encontrado también “pastores” para adorarlo con todo el amor de su corazón. Mejor dicho, en lugar de pastores, lo habrían adorado “vaqueros”, puesto que el ganado de Garabandal era, fundamentalmente, vacuno, de vaca tudanca, la raza autóctona.

El momento más emocionante era la adoración del Niño al finalizar la Misa del día de Navidad. Cuando el sacerdote ofrecía a los fieles la imagen del Niño Jesús para que se acercaran a besarlo, un respetuoso silencio invadía el templo. Las mujeres y los niños, que se apiñaban en los bancos, no se movían de sus sitios, sino que volvían sus miradas hacia el coro, lugar desde el que normalmente los hombres seguían las celebraciones. De pronto, el silencio era truncado por el rumor de las albarcas -zuecos de madera de una pieza con tres tacones, típicos de las zonas rurales de Cantabria- que golpeaban la escalera de madera. Los hombres bajaban para ser los primeros en adorar al Niño Dios. Descendían ordenadamente con una actitud reverente, la cabeza descubierta y la boina entre las manos. Daba devoción verlos. Tras ellos, todos los demás fieles ponían su beso, lleno de fe y confianza, en los pies del Redentor. Y, junto al portal de la iglesia, un gran acebo lanzaba fuera la gran noticia: “¡Nos ha nacido el Salvador!”.


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