El escapulario de la novia

sacerdocio

La anécdota que nos ocupa en este artículo tuvo lugar en el transcurso de una boda y su protagonista fue, precisamente, la novia, Jacinta Cosío Mazón, que se casaba con José Ramón González González. Obviamente, esta Jacinta Cosío no era la vidente Jacinta González, que era mucho más joven que la novia. No sabemos la fecha exacta de la boda, pero fue en el primer año de las apariciones. Y, en Garabandal, lo normal era no celebrar las bodas en pleno verano, sino un poco más tarde, cuando ya lo más duro del trabajo del campo estaba hecho, para poder disfrutar con un poco más de paz de las primeras semanas del matrimonio. El verano no era tiempo de descanso en San Sebastián de Garabandal, sino que era tiempo de asegurar el sustento de las familias y de sus animales para los largos e interminables meses de invierno. Y si a alguno se le ocurría casarse en verano, ya sabía la “luna de miel” que le esperaba: levantarse temprano al día siguiente para irse a trabajar a los “praos” y a las tierras.

La celebración del matrimonio de Jacinta y José Ramón discurría tranquilamente. Como de costumbre, algunas señoras del pueblo habían preparado la comida para celebrarlo en familia en la taberna de Ceferino. Después de comer, los invitados charlaban distendidos, disfrutando de la jornada festiva. Ceferino era el padre de Loli, y la vivienda familiar estaba encima de la sala utilizada como taberna. De pronto, alguien avisó y, al momento, los asistentes quedaron en silencio. Los ojos de todos se dirigieron a la escalera de la casa, por la que Loli descendía, ya en éxtasis, para salir a la calle. Manolita Mazón estaba entre los invitados, y ella da testimonio de lo que vio. Loli “bajaba” la escalera -si es que a lo que se vio se le puede llamar bajar-, tumbada boca arriba, con la cabeza para abajo y los pies para arriba. Es tan difícil para mí describirlo como para ustedes que lo leen será imaginarlo. Si intentáramos repetir lo que los convidados a esta comida nupcial presenciaron, seguramente nos pegaríamos un buen coscorrón. Sin embargo, Loli bajaba con toda armonía, sin dar muestras de incomodidad, dificultad o fatiga. Las manos las llevaba juntas sobre el pecho. La faldita, perfectamente colocada, desafiando las leyes de la gravedad, que normalmente la hubieran lanzado sobre la barriga de la niña estando en esa posición. Pero no, las rodillas de Loli se mantuvieron modestamente cubiertas. La expresión de su rostro era transfigurada, conversando llena de paz y alegría con su visión. Parecía como si estuviera tranquilamente sentada, en lugar de estar haciendo equilibrios cabeza abajo en una escalera, y una escalera de las de Garabandal, de peldaños estrechos y altos, para ocupar el menor espacio posible en las pequeñas casas. Realmente, para quien tenía ojos para ver, en cada éxtasis se daban varios milagros, o como quieran llamar a estos prodigios que superan las leyes de la naturaleza los que entienden. Al llegar abajo, Loli se levantó con soltura y, sin perder su visión, salió de la taberna, con la cabeza tan levantada como de costumbre.

Una vez que la niña desapareció de su vista, los invitados volvieron a sus conversaciones sin fijarse mucho hacia dónde se había dirigido la niña. En el pueblo, como siempre, había más gente y muchos forasteros esperando el trance. ¿Adónde se fue Loli? Se fue derecha hacia una casa grande y bonita situada por detrás de la suya. La "casona" es como llaman todavía a esa casa en Garabandal. En la "casona" vivía la novia, Jacinta, que se había criado con los abuelos maternos. En aquel tiempo, no se cerraban las puertas de las casas en Garabandal. Loli entró y, sin conocer la casa, entró decidida en la habitación de Jacinta, abrió un cajón de la cómoda y tomó de él una medalla escapulario de la Virgen del Carmen. ¿Por qué hizo eso Loli? ¿Qué estaba pasando? En esa misma habitación, Jacinta se había preparado para su boda y había sustituido la medalla escapulario de la Virgen del Carmen, que siempre llevaba consigo, por un elegante collar. La medalla había quedado guardada en el cajón del que la cogió Loli. ¿Cuántas personas, incluso de la familia más directa, se habían dado cuenta de que Jacinta no llevaba su medalla? Seguramente, ni siquiera lo sabían su madre o su abuela. Y si se habían percatado del detalle, ¿cuántas sabían dónde estaba guardada la medalla? Probablemente, nadie. Bueno, sí, había una persona que lo sabía: nuestra Madre Santísima, que guió a Loli con una seguridad asombrosa hasta el lugar exacto.

Loli tomó la medalla y, a la misma velocidad que había llegado a la "casona", regresó a la taberna, localizó a la novia, como lo hacía siempre, con la mirada hacia lo alto, sin mirar al frente o tener que buscar entre los allí congregados. Sabía dónde tenía que ir, porque la Virgen la guiaba. Se situó ante Jacinta y, con un movimiento rápido, le puso su medalla al cuello mientras le decía al oído: “Que dice la Virgen que no te la quites”.

Imaginamos la emoción de Jacinta en esos momentos y suponemos que nunca más a lo largo de su vida se quitó su escapulario. Quienes no acaben de comprender este gesto, conviene que relean las promesas que la Virgen concedió al uso del escapulario. Llevarlo es, en sí mismo, una consagración a María, es meterse debajo del manto de María, buscando allí protección y amparo. Y nuestra Madre no quiere que quedemos desamparados en ningún momento. Conoce nuestra debilidad y teme vernos fuera de su protección, porque sabe que “el enemigo ronda buscando a quien devorar” (I Pe. 5, 8) y no quiere vernos dañados.

No dejan de asombrarnos los detalles maternales de nuestra Madre del Cielo. En San Sebastián de Garabandal fueron visibles sus detalles de madre a diario, en el día a día de las apariciones. Fueron testigos de ello tanto bastianos como forasteros. Y con cada uno de esos detalles, nuestra Madre repetía el mensaje más importante que tenía que dar en esta aldea: “Yo soy madre, yo soy vuestra Madre. Y por eso os digo todo lo que os digo. Escuchadme”.