Las alpargatas de Alberto

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Alberto Mazón no estaba en el pueblo cuando comenzaron las apariciones. Como muchos de los pobladores de San Sebastián de Garabandal, el 18 de junio de 1961, Alberto estaba en los invernales, junto con su esposa, Manolita, y las tres hijas que en ese momento tenía el joven matrimonio.

El invernal era una sencilla edificación realizada en piedra. Constaba de planta baja y un piso. En la parte de abajo se distribuían los pesebres a los que se ataban las vacas. En la zona de la entrada, para aprovechar la luz, había siempre un “atizadero”, que era el lugar donde se hacía el fuego para cocinar. En torno a esa lumbre, se comía, se hacían algunos trabajos artesanales, etc.

Los invernales se levantaban allá donde las familias tenían los prados, es decir, las tierras que se destinaban a producir hierba para la alimentación de las vacas. Hacía falta mucha hierba para alimentar todo el año a una cabaña de treinta o cuarenta vacas. Y, como en invierno la hierba no crece, había que aprovechar el verano para segar, secar y acumular en los invernales todo el forraje necesario. Primero se trabajaban los prados que estaban más cerca del pueblo, a los que en Garabandal llamaban “mieses”. Cuando el trabajo de las mieses se acababa, había que seguir con los demás terrenos, ya más lejos del pueblo. Y como el trabajo urgía, no se podía perder el tiempo haciendo cada día cuatro, o seis, o más, kilómetros por las escarpadas laderas de los montes que rodean Garabandal, para deshacerlos luego al caer la noche de regreso a casa. Por eso, lo más fácil era que la familia entera se trasladara allí durante los meses de verano. “De San Pedro a San Miguel -recuerdan todavía los mayores del pueblo- muchas familias vivían en los invernales”. A medida que iban terminando de segar y acumular la hierba dentro del invernal, se movían al siguiente prado, que contaba con su propia cuadra. Segaban y recogían hasta que también en ese invernal quedaba toda la hierba recogida. Si la vida era dura en el pueblo, arriba en los prados lo era todavía más, pues las pocas “comodidades” que en el pueblo podía haber, allí se quedaban.

Pues allá arriba, en su invernal de “Jortigal”, estaban Alberto y los suyos, cuando llegó Ismael, un sobrino de Alberto. El muchacho venía hecho un manojo de nervios con las últimas noticias procedentes del pueblo: “Que dicen que hay unas crías que han visto a un ángel”. Alberto y Manolita estaban confundidos. Ismael era un buen chico, no les estaba mintiendo, pero, al mismo tiempo, ¿cómo creer algo tan sorprendente? El sobrino no fue capaz de volver a su invernal, donde tenía que pasar la noche solo. El pobre repetía asustado: “¡Ay, madre, qué miedo, qué miedo!”. Tantas veces lo repitió, que con ese mote se quedó, Ismael “el miedo”.

Una de las cosas que más llamaba la atención de los bastianos y de todos los que tuvieron oportunidad de verlo, era la velocidad a la que avanzaban las niñas en éxtasis. Fuera del éxtasis corrían mucho, claro está, como niñas que eran, criadas en la montaña y acostumbradas al trabajo físico, pero no corrían más de lo normal. En cambio, al entrar en éxtasis, era increíble. Parecían dar pasos normales, no corrían ni alargaban las zancadas de forma que forzaran el paso. Tampoco volaban, los pies tocaban el suelo. Pero, quien intentaba seguirlas se daba cuenta de que era imposible: ni corriendo los mozos más fuertes del pueblo conseguían mantenerse a su ritmo y, cuando las alcanzaban, las encontraban a ellas sin señales de esfuerzo, mientras que, a su alrededor, todos los que habían tratado de seguirlas se encontraban sudorosos y jadeantes. Y eso que ellas, mientras corrían, no miraban el escabroso suelo de las calles de Garabandal, formadas por piedras y barro, desiguales y llenas de tropiezos. Su cabeza estaba siempre levantada hacia la visión.

Alberto era, en aquel momento, un hombre joven, en la plenitud de sus fuerzas físicas. Tenía fama –bien ganada- de correr más rápido que nadie en el pueblo. Los vecinos de los invernales de alrededor, cuando bajaban al pueblo a por pan, a por sardinas salonas o a por otros alimentos perecederos, subían contando de la velocidad de las niñas, y de que no había quien las siguiera. A Alberto le sorprendió, y un día le dijo a su mujer: “Manolita, sácame las alpargatas, que esta noche voy a correr yo con las crías”. Las alpargatas eran un calzado de lona con la suela de esparto. Aunque en Garabandal, normalmente, se andaba en albarcas -un zapato rústico de madera que protegía muy bien el pie del frío y del barro-, para correr eran más cómodas las alpargatas.

Esa tarde las niñas tenían ya dos llamadas, y se esperaba que en cualquier momento salieran de sus casas en éxtasis. Alberto, con sus alpargatas bien ajustadas, se apostó a la puerta de la casa de Loli, preparado para echar a correr en cuanto sintiera el menor movimiento. Ceferino, el padre de Loli, al salir y verlo, le dijo: “Alberto, átate bien las alpargatas, que esta noche te va a hacer falta”. Alberto le respondió en tono de quien está muy seguro de sí mismo: “¿Por qué?”. Ceferino le bromeó: “Porque vas a quedar mal”. Respondió Alberto: “Ya lo veremos”.

La conversación se interrumpió al sentir que las niñas salían. Alberto echó a correr con todas sus fuerzas, que eran muchas, pero, apenas había conseguido llegar a la casa de Rosarito, a veinte pasos de la de Ceferino, cuando ya las niñas se habían perdido de su vista, alcanzando la casa de Avelina, justo antes de llegar a la plaza donde tiempo después tuvo lugar la comunión visible, es decir, casi saliendo del pueblo.

Como Alberto era un hombre de alma recta y corazón noble, no le importó reconocer su derrota. Lo que quedó muy claro fue que, una vez que las niñas entraban éxtasis, sus cuerpos adquirían unas capacidades que escapaban a las posibilidades normales de la naturaleza humana. Y eso, no una vez, ni dos, sino que en cada aparición se producían siempre varios hechos asombrosos. Como dicen los bastianos cuando están en confianza: “Milagros. Veíamos puros milagros cada noche”.