• Anécdotas

    del tiempo de las apariciones
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¿Qué más milagro le piden a la Virgen?

milagro

La noticia de que en San Sebastián de Garabandal se estaba apareciendo la Virgen era tan grande, que pronto comenzó a saberse fuera del pueblo. Enseguida, de las poblaciones cercanas, comenzaron a acercarse algunos vecinos, unos con esa mezcla de curiosidad y expectación con que subían tantos, otros con la corazonada clavada muy dentro de que lo que decían que ocurría en Garabandal era verdad. Consuelo Díaz tenía entonces trece años y vivía en Puentenansa. Con su madre y alguna tía comenzó a subir con cierta frecuencia los nueve kilómetros de empinada cuesta que separaban su pueblo de la aldea de las apariciones. Como era jovencita y de carácter vivaz, casi siempre conseguía ponerse bastante delante, en posiciones desde las que podía observar con detalle lo que ocurría durante las apariciones.

La anécdota que nos refiere hoy pertenece a las primeras semanas de las apariciones, quizás a finales de julio o en los primeros días de agosto del año 1961. Alrededor de las niñas se agolpaba la gente del pueblo y de los pueblos vecinos, y comenzaban a llegar forasteros, venidos cada vez de más lejos, aunque todavía no en la cantidad con que llegarían a juntarse más adelante alrededor de los extraordinarios fenómenos de la aldea cántabra. Con todo, bastante gente había llegado a Garabandal esa tarde esperando la aparición.

Los mozos del pueblo, a los que los padres de las niñas habían pedido proteger a sus hijas, no permitían a nadie quedarse en "la calleja", salvo a la Guardia Civil, a los sacerdotes y a los médicos. El resto de los asistentes eran obligados a entrar en los prados que están a derecha e izquierda de "la calleja" y a seguir desde allí los éxtasis. Consuelo consiguió situarse en primera fila, en un puesto muy bueno. Atardecía ya, así que cada vez había menos luz. Justo al lado de Consuelo, estaba una señora que no era del pueblo y venía por primera vez a Garabandal con su esposo, su hijo y su nuera. De pronto, vieron llegar a las niñas, que todavía no estaban en éxtasis. La señora se acercó a Conchita y le entregó juntas cuatro medallas, para que recibieran el beso de la Virgen. Conchita, con gesto amable, tomó las medallas y se las colgó al cuello, de donde pendían ya un buen número de ellas.

Comenzó la aparición y, en un momento de la conversación con nuestra Madre, Conchita comenzó a dar a besar las medallas a la Virgen, una por una, con gesto solemne. Cuando por fin terminaron los besos, ya era casi de noche. De pronto, Conchita, aún en éxtasis, se levantó y se dirigió hacia donde estaba la gente, que seguía la escena en respetuoso silencio. Entró en el prado y, sin titubeos, llegó adonde estaba la señora de fuera. Llegó, como siempre, con la cabeza totalmente echada hacia atrás, caminando por el prado lleno de gente sin tropezarse. Sin verla realmente, se paró delante de la señora que estaba junto a Consuelo. La mujer contuvo la respiración emocionada. Conchita echó la mano hacia las medallas, tomó una, la sacó sin dificultad de su cuello, sin que se enredase con las muchas más que llevaba colgadas. Consuelo observaba cada gesto con suma atención. La niña le puso su medalla a señora. Exactamente la suya. Después se puso frente al esposo y le puso la suya. Después frente al hijo, y lo mismo, sacó su medalla y se la colocó al cuello, como había hecho con las otras, sin mirar las medallas, cogiéndola como al azar y, además, sin que se enredara con las otras. Finalmente, se puso frente a la nuera de la señora y le puso también a ella la medalla correcta. Consuelo recuerda que la señora se puso a gritar con una emoción incontenible, con la emoción de quien ha tocado lo sobrenatural: “¡Pero, si ella no conocía a mi marido, ni a mi hijo, ni a mi nuera! No los ha visto siquiera. Yo le he dado las cuatro medallas juntas, pero solo me ha visto a mí, ella no sabía de quién eran, se las he dado todas juntas… ¿Cómo sabía cuál era la de cada uno? ¿Qué más milagro pide la gente? ¿Qué más milagro le piden a la Virgen?”.

Consuelo nunca olvidará esa escena. Y, realmente, es como para no olvidarla. Si no era nuestra Madre quien guiaba a las niñas para realizar gestos así, ¿cómo se explican? ¿Y cómo se explica que esto fuera, no una vez, ni dos, ni tres, sino a diario; centenares de objetos devueltos así, sin que nadie haya registrado nunca un error? Saber de quién es cada medalla, saber dónde está el propietario de la medalla en medio de una multitud de personas, sacar la medalla correcta sin mirar y sin que se enrede con las otras, muchas veces –como la que nos ocupa- cuando el sol ya se había puesto y la oscuridad lo envolvía todo…

¿Qué más milagro le piden a la Virgen?


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