Sentí que había sido escuchada

milagro

Celina Ruiz Cuenca no vivía ya en San Sebastián de Garabandal cuando comenzaron las apariciones. Hacía tres años que se había casado y se había trasladado a vivir a los Corrales de Buelna, un pueblo de Cantabria, distante actualmente poco más de una hora de Garabandal. Pero, en los años sesenta, ni las carreteras eran las de ahora, ni lo eran los medios de comunicación, por lo que no podía subir al pueblo con la facilidad con que se accede ahora. Con todo, procuraba pasar en casa de su madre todo le tiempo que podía, y aprovechaba los días de estancia allí para seguir lo más de cerca posible las apariciones.

En los Corrales de Buelna tenía una vecina llamada Toña, que estaba muy enferma, al borde de la muerte. Celina procuraba ir a visitarla y estar pendiente de ella. Esta mujer guardaba un enorme rencor en su corazón contra otra vecina del pueblo. Cada vez que Celina iba a visitar a Toña, esta comenzaba con sus comentarios: “¡Ten cuidado, ten cuidado con Yeta! Que esa robó chorizos en la cooperativa, que era tal y que era cual…”. A Celina le daba una pena enorme que, estando tan enferma, no pensara más que en criticar y maldecir de unos y de otros, en especial de esta vecina. Con su carácter cariñoso y simpático le decía: “¡Ay, Toña, tú no hagas caso de eso”. Pero sabía, además, que ni Toña ni su familia eran gente de iglesia, y eso hacia que su preocupación aumentase.

Celina se estaba preparando para pasar unos días en San Sebastián de Garabandal, y se iba inquieta por Toña, pensando que, quizás, a su regreso se la encontraba ya muerta, porque Toña empeoraba de día en día. Antes de partir, se dijo: “Voy a ver a Toña, a lo mejor es la última vez que la veo”. Pero Toña no hizo sino aumentar la inquietud de Celina, porque, de nuevo, empezó a hablar mal de la vecina. Celina la atajó diciendo: “Pero, con todo lo que tú tienes encima, hija mía... Con lo que podías estar aprovechándote con esto que estás pasando…”. Pero no había manera. Parecía imposible arrancar del corazón de Toña el rencor que la invadía.

Celina llegó a Garabandal. Como acostumbraba, dejó a los niños con su abuela para poder seguir a las niñas en éxtasis por el pueblo. Esa noche, Conchita estaba en éxtasis cerca de la iglesia parroquial. Había mucha gente ese día en el pueblo, la plaza estaba desbordada de personas que trataban de seguir hasta los más pequeños detalles de la aparición. Celina se quedó por detrás. Era imposible acercarse más. Se puso a rezar a la Virgen: “¡Ay, yo te pido por Toña! Si me puedes escuchar, te pido por ella. Que se arrepienta. Que ofrezca esa enfermedad y esa cruz por las que está pasando”. Celina oraba intensamente, poniendo toda su confianza en nuestra Madre del Cielo. No pidió ninguna prueba, pero, de pronto, advirtió que algo estaba pasando. Por delante de ella, todavía lejos, la gente se abría para hacer paso a Conchita que avanzaba decidida entre la multitud. Como siempre que las niñas estaban en éxtasis, Conchita no miraba por dónde iba ni hacia dónde iba. Con la cabeza alzada, mirando hacia arriba, ella seguía a la Virgen. Celina vio a la gente apartarse, apartarse, y estaba preparada para moverse ella misma dejando pasar a Conchita cuando viera hacia dónde quería ir a niña. Pero la sorpresa fue que Conchita –o, mejor dicho, nuestra Madre, la Virgen- la buscaba a ella. Celina recuerda:  “Y en esto que veo que, delante de mí, se abren, se abren, se abren, y era Conchita que venía hacia mí. No me miró ella. Ya habéis visto algunas fotos y lo que habéis visto. Venía con la cabeza así. Llega a mi altura, me santigua con el crucifijo y me lo da a besar. La besé y se marchó”.  La emoción de Celina fue enorme: “Yo sentí que me había escuchado. Yo sentí que había sido escuchada”.

Después de dos semanas en San Sebastián de Garabandal, Celina volvió a su casa, en los Corrales de Buelna. Tras dejar situados a los suyos en casa, salió corriendo hacia la casa de Toña. Ni siquiera sabía si la iba a encontrar viva. Al llegar a la casa de Toña salió a recibirla una sobrina de la enferma, una joven buena y religiosa. Se abrazaron al tiempo que la sobrina exclamaba: “¡Ay, que ganas tenía de que volvieras!”. Celina preguntó: “¿Qué ha pasado, qué ha pasado?”. Respondió la otra: “Que Toña se ha confesado y ha comulgado. Y da gusto verla. Está tranquila, ya no se queja, no dice mal de nadie”.

Pocos días después, Toña murió. Pero murió después de haber perdonado y de haber pedido perdón. Celina no duda de que su oración fue escuchada. Nuestra Madre del Cielo, a la que, con razón, la tradición cristiana llama “la omnipotencia suplicante”, atendió su ruego y le dio una señal de que había sido escuchada. Con señal o sin señal, Ella escucha siempre. Pero lo cierto es que en Garabandal nuestra Madre quiso dar muchas señales de que escucha nuestra oración, para que en nuestro día a día nunca dudemos de que Ella es nuestra Madre, de que nos quiere y de que intercede por nosotros.