Tres forasteros desconcertados

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David Toribio era uno de los mozos que protegían a las niñas cuando comenzaron las apariciones en San Sebastián de Garabandal. Hace unos días me hizo reflexionar sobre algo en lo que –reconozco– nunca había caído en la cuenta, y es en lo mucho que ayudaron los vecinos de Cosío a los innumerables peregrinos que cada día subían hasta Garabandal. David dice que algún día habría que hacerles un homenaje a todos esos hombres y mujeres que, sin llamar la atención, tanto facilitaron a los forasteros la “aventura” de llegar al pueblo de las apariciones.

En aquellos años, la carretera solo llegaba hasta Cosío. Luego había un camino, escarpado y muchas veces intransitable, que subía hasta Garabandal. Tan malo era el camino, que los camiones de reparto se negaban a subir hasta ese rellano del “Jormazu” donde se asienta Garabandal, y las tabernas de la aldea tenían que acarrear desde Cosío a lomos de burro las provisiones para todas las familias del lugar.

El presidente de la Junta Vecinal de Cosío era un señor llamado Leoncio, que estaba muy pendiente de los peregrinos. Cuando los forasteros no se atrevían a subir solos por ese camino por miedo a perderse en la montaña, Leoncio llamaba a algunos niños del pueblo, les daba una buena propina y les pedía acompañar a la gente hasta Garabandal.

Una señora de Cosío, que era de la edad de las niñas, recuerda uno de esos días, haciendo de guía de tres señores que venían de fuera. Leoncio la llamó, junto con dos o tres chavales más, y les dio cincuenta pesetas de propina. Les recordó las mismas recomendaciones que les hacía siempre: tenían que ser discretos y no entrar en las conversaciones de los mayores; si los peregrinos necesitaban sentarse a descansar, debían dejar que se sentaran bajo alguna sombra, y ellos sentarse veinte metros más arriba, para que los forasteros pudieran hablar con intimidad; una vez llegados a Garabandal, debían señalarles quiénes eran las niñas, sus nombres y sus casas. Y luego esperarles para regresar a Cosío.

Dicho todo esto, los tres niños condujeron cuesta arriba a estos tres señores, que venían con muy mala disposición. Aunque trataban de ser discretos, estos señores no ocultaban sus intenciones y las manifestaban sin reparos: estaban convencidos de que Garabandal no era verdad y el objetivo de su viaje era poner las cosas en claro. Ellos iban a descubrir el engaño al mundo entero. Los niños escuchaban asombrados, pero, obedeciendo a las consignas recibidas, no se metieron en la conversación. Llegaron a Garabandal, completaron su tarea de señalar a los señores quiénes eran las niñas y sus casas, y luego –como niños que eran– se fueron a gastarse sus cincuenta pesetas y a pasar un buen rato mientras estos señores terminaban su “tarea”.

La sorpresa se la llevó cuando estos señores les llamaron para bajar de nuevo a Cosío. Los niños les observaban curiosos. Con lo mucho que hablaban a la subida, resoplando y jadeando por el esfuerzo de la ascensión, y ahora parecía que se habían quedado mudos. ¿Qué habrían visto en Garabandal para experimentar tal transformación? El caso es que de todos sus planes de destruir Garabandal no quedaba ni rastro. Bajaban con expresión demudada, no atinaban a decir ni una palabra. Caminaban desconcertados, cada uno por su lado, como si no se conocieran. Ensimismados en sus propios pensamientos, no miraban ni dónde ponían los pies, así que bajaban dando tumbos. Era obvio que lo que habían visto y vivido les había quitado las ganas de “acabar” con Garabandal. Se montaron en su coche sin tan siquiera despedirse de sus pequeños guías y se alejaron a toda velocidad.

Espero que de regreso a sus hogares fueran capaces de reflexionar con honestidad sobre la experiencia vivida. Y espero que más tarde fueran capaces de volver a Garabandal, para vivir allí –con mejor disposición– una nueva jornada con nuestra Madre.