• Anécdotas

    del tiempo de las apariciones
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“Yo vi la comunión entera”

josefina

Josefina Cuenca tenía ya 91 años cuando yo la conocí. La recuerdo sentada en su sillón, prácticamente ciega y casi inválida, pero muy bien cuidada y atendida por su hija menor. Al entrar en la habitación, su hija se acercó a su oído y le dijo con voz fuerte: Mamá, han venido a verte para que les cuentes de las apariciones, si quieres. Josefina levantó la cabeza. El rostro se le transfiguró con una sonrisa radiante, preciosa, casi impensable en una mujer con sus condiciones de salud. Con su voz rota, vibrando por la emoción, lentamente, como ella hablaba en esa última etapa de su vida, dijo: “Yo vi la comunión entera”.
Me senté en una banqueta junto a ella y le pregunté: “Y, ¿cómo fue eso? Hay muy poca gente que lo vio, ¿no?”. Me respondió: “Pues, además, fue cosa de la Virgen”. Guardó silencio unos segundos…. Parecía que, ante sus ojos, volvieran a representarse las escenas de esa noche del 18 de julio de 1962. Me impresiona de qué forma han quedado grabadas a fuego las experiencias de esos años en el corazón de los testigos.
Esa noche, la Virgen había accedido a hacer un milagro, como pedían las niñas. Y cumplió la promesa de hacer visible la comunión que Conchita iba a recibir de manos de San Miguel. Lo gracioso fue que, mientras que todo el mundo se revolucionó ante ese aviso cuando le fue anunciado a Conchita lo que iba a pasar, a la niña le pareció un milagro tan pequeño que se refería a él como “el Milagruco”. Le pareció tan poca cosa que se atrevió a decir al Ángel: “¡Pero, entonces, el milagro será chico!”.

Josefina vivía muy cerca de la casa de Conchita y era una buena amiga de su madre, Aniceta. Cuántas veces había acompañado a Conchita y a su madre a rezar el rosario al “Cuadro”, en pleno invierno, antes de que se hiciera de día... La Virgen había pedido ese sacrificio a las niñas, y ellas acudían, mañana tras mañana, muchas veces bajo la lluvia y, en ocasiones, incluso debajo de la nieve.

Pero Josefina era una joven madre de familia y tenía hijos muy pequeños. Si su esposo o su madre no se quedaban con los críos, ella no podía salir de casa para correr detrás de las niñas en éxtasis. Por eso, esa noche del 18 de julio de 1962, se había resignado a quedarse en casa y esperar a que su esposo, al regreso de la aparición, le contara. En un momento determinado de la noche, abrió la puerta de casa. Quizás esperaba poder escuchar así qué estaba pasando en el pueblo. Y, “¡Qué casualidad!” –decía Josefina con gracia–, que al abrir la puerta se encontró con un primo que venía a hablar con ella. Josefina salió a la puerta de casa para no despertar a los niños con el rumor de sus voces. El primo, que venía de casa de Conchita, le decía: “Será o no será, ¿o qué pasará?”. Josefina, muy segura, le respondió: “Pues será, será”. El primo asintió: “Eso pienso yo, pero parece que tarda”. Sus ojos se volvieron hacia la puerta de la casa de Conchita en el preciso instante en que la niña, en éxtasis, salía a la calle. Su primo le dijo: “Tú y yo nos vamos delante, a ver hasta dónde podemos llegar”. Comenzaron a caminar cuando, de repente, Conchita cayó de rodillas ante ellos. Podían ver su rostro perfectamente; ningún obstáculo se interponía.

Ciertamente, tenía razón Josefina: el hecho de que ella pudiera ser testigo del “Milagruco” fue cosa de la Virgen. En el pueblo había alrededor de cinco mil personas, y ella ni siquiera iba a salir de casa esa noche… Pero ahí estaba, a tres pasos de Conchita, cara a cara frente a ella.
Se formó un corro de gente alrededor de la niña en éxtasis. Josefina recordaba conmovida el profundo silencio que lo envolvía todo, un silencio lleno de respeto por lo sagrado y de fe. Llena de emoción, contempló cómo Conchita sacaba la lengua de su boca. La mantuvo así el tiempo suficiente para que Josefina pudiera asegurarse de que no había absolutamente nada sobre ella. Era como si el tiempo se hubiera ralentizado. Los movimientos de Conchita rezumaban unción. Una hostia grande y blanca apareció sobre la lengua de la niña. A Josefina le llamó la atención que esa forma era más grande que la que recibían en cada Eucaristía de manos de su párroco y que el troquel con que estaba hecha hacía que pareciera que tenía un reborde que la rodeaba. Era tan blanca esa forma que Josefina tuvo la impresión de que irradiaba luz.

De pronto, alguien del pueblo no pudo contener su impaciencia y se puso delante de Josefina para poder ver algo de lo que estaba pasando. Josefina se llevó un disgusto tremendo. Pero, como era una mujer de profunda fe, recordó que estaba ante Jesús Sacramentado, y que no era momento ni el lugar para quejarse ni armar alboroto: “Ante lo que teníamos delante, me callé la boca y la dejé. Dije: yo, lo primero, lo vi; y fue lo esencial para mí”.

Al perder de vista a la niña, reparó en un señor desconocido –un “forastero”, como dicen en Garabandal– que trataba de sacar una fotografía, pero que, con los nervios, no atinaba a encender la máquina. A sus 91 años, se reía divertida recordando el apuro del pobre hombre: “Venga a darle, y no disparaba”.

Después de terminar su relato, Josefina se recostó en su sillón y murmuró: “Fue una cosa... una cosa maravillosa”.


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