“Me entró una tembladera…”

celina

A Celina Ruiz Cuenca le contó su familia lo que estaba pasando en su pueblo. En aquel momento, Celina era una joven madre de familia que ya no vivía en San Sebastián de Garabandal, aunque, con la frecuencia que podía, subía a la pequeña aldea a pasar algunos días con su madre. Pero Celina no se creía las historias que le iban llegando. ¿Cómo se lo iba a creer? Conocía a esas niñas desde antes de que nacieran… ¿Cómo iba a ser verdad que estuvieran viendo a un ángel e incluso a la Virgen Santísima?…

La primera vez que volvió a Garabandal después de que comenzaran los acontecimientos, subía decidida a comprobar qué estaba pasando con las niñas. Y se decía a sí misma: “Yo tengo que ver a estas crías, pero sin estar en éxtasis. A ver en qué han cambiado. ¿Por qué hacen eso? ¿Qué ha pasado con ellas? ¡No pueden ser las mismas! Pero si son más ignorantes que ni sé…  Como todos aquí”.

Apenas llegó al pueblo, dejó a sus hijos con su madre y salió de casa en busca de las niñas. Quería verlas antes de que entraran en éxtasis, hablar con ellas... Quería comprender qué estaba pasando con ellas. Se acercó a casa de Conchita. Ver a la Virgen no eximía a las niñas de su responsabilidad en los trabajos familiares. En Garabandal, como en todos los pueblos de la montaña cántabra, los niños comenzaban a colaborar en las labores del campo y el cuidado de los animales desde los cinco o seis años. Celina encontró a Conchita metiendo las ovejas en la cuadra. Se detuvo a unos pasos de distancia para observarla con atención. Conchita no se percató de la presencia de Celina: “Las ovejas estaban entrando y ella contando. Y yo allí, esperando pacientemente y, a la vez, con unas ganas de verla… Yo le estaba mirando la cara, así, de perfil. Yo no la veía cosas diferentes. Y, nada más terminar de contar las ovejas y levantar ella la cabeza, me fui yo a acercar y... ¡pas!, cae en éxtasis”.

Celina fue la única testigo de la entrada de la niña en éxtasis. Se estremeció al toparse de cara con la evidencia de lo sobrenatural que, hasta entonces, había negado: “¡Ay! Me entró una tembladera... Me empecé a sentir mal, porque me dije: Yo tendría que haber ido a confesar. Yo no estaba preparada para que Dios me concediera esto”.

Conchita comenzó a caminar detrás de la Virgen. Algunas personas se dieron cuenta y la siguieron. Celina, con una disposición totalmente distinta a la que traía al llegar al pueblo, comenzó a caminar detrás de la niña: “A partir de entonces, ya me callaba... Ya, cuando decían algo, lo que sea, ya estaba yo con todo el interés del mundo, tratando de seguirlo en lo que podía”.

Entre los muchos recuerdos de Celina, hay una tarde en que confiesa que tuvo que ser “educada” por nuestra Madre. Esa tarde, nuestra querida amiga tenía lo que llamamos “la risa floja”. Todo le hacía gracia y todo le hacía reír. Comenzó el éxtasis de Conchita, y seguía igual. No era por falta de respeto, pero tampoco se estaba sabiendo comportar y colaborar en mantener el ambiente de oración y silencio que era debido. Estaba presente un médico de Santander, D. Celestino Ortiz. El doctor no pudo contener su emoción y, al entrar la niña en trance, comenzó a exclamar entusiasmado: “¡Miradla, miradla, miradla!”. Celina iba con una tía muy cercana. Con la voz entrecortada por la risa, susurró a su acompañante: “A este hombre solo le hace falta extasiarse él”. Y venga a reírse, venga a reírse.

Al poco, alguien dijo que también Loli había entrado en éxtasis. Celina y su tía se acercaron para ver, Celina seguía con su hilaridad. Para sorpresa de Celina, la niña se dirigió hacia ella con su crucifijo en la mano. A Celina nunca le habían dado el crucifijo a besar las niñas. Al tenerlo delante, lo besó de manera casi automática, sin darle más importancia, sin ningún movimiento de compasión ni de amor a Cristo Crucificado… La niña la santiguó. Pero, como si nuestra Madre no hubiera quedado satisfecha con ese beso mal dado, la niña puso de nuevo la cruz sobre su boca. Celina volvió a besarlo y a ser santiguada con él. Y esta vez empezó a comprender, se empezó a conmover… La niña puso una tercera vez la cruz sobre los labios de Celina y la santiguó por tercera vez… Esta vez, el beso de Celina fue con toda el alma, y fue entre lágrimas, mientras caía de rodillas para pedir perdón por su ligereza. Cuánto aprendió Celina esa tarde. Cuánto ha meditado en ese gesto de nuestra Madre y cuánto bien le ha hecho en su progreso espiritual.

Su tía la ayudó a levantarse y comenzaron a caminar, alejándose del bullicio para rumiar en silencio la lección recibida. El padre de Loli, Ceferino, con su jocosidad habitual, le decía entre bromas: “¡Anda, la fuerte! Has caído, ¿eh? Has caído!”.

Contando esto, sé que algunos dirán que fue casualidad que la niña le diera a besar el crucifijo justo aquel día. El problema es que en las apariciones de Garabandal se juntaron tantas “casualidades”, que uno termina por pensar que había una “voluntad” que dirigía los acontecimientos, los grandes y los pequeños, y que conocía el corazón de cada hijo e hija que se acercaba allí, que conocía sus necesidades, sus carencias, su intimidad, sus deseos. Sí, ciertamente, muchas de estas “anécdotas” del Garabandal de las apariciones, parecen ciertamente guiadas por una “mano materna”.