"¡Lloré emocionado y pedí a Dios perdón!"

llore

El Doctor José de la Vega pide a Dios una prueba para creer.

Dice D. José:

Medio pueblo y todos los forasteros, incluidos los niños, la seguíamos alucinados. Acabábamos de verla en su modesta cocina campesina donde charlaba con nosotros medio dormida -por la hora, las cuatro de la mañana- entrar bruscamente en éxtasis cayendo de rodillas sin quemarse, sobre las calientes piedras del hogar encendido.

Como transportada por ángeles, se levantó y empezó a recorrer el pueblo. Íbamos en pos de ella dando trompicones en la oscuridad de la noche y salpicando barro hasta las orejas.

Ardientemente pedía a Dios fe "como la fe del carbonero", tan comentada en los sermones parroquiales, para poder sentir, como los demás, la enorme emoción de creer milagro lo que no podía explicarme.

Siguiendo a la pequeña iluminada, recorrimos casi todas las callejuelas del pueblo, fuimos al atrio de la Iglesia, al cementerio y al monte donde por vez primera vieron a la Virgen.

La dureza del camino, la oscuridad y mi torpeza de hombre de ciudad me hacían tropezar con tanta piedra suelta, quedándome poco a poco rezagado. No podía más y decidí esperar el regreso. Mi mujer no quiso detenerse a pesar de ir como jadeante y siguió adelante pidiendo ayuda a mi incredulidad.

De pronto, la niña se detiene sin llegar a la cima y retrocede camino abajo andando de espaldas, rozando apenas las piedras del camino sin dejar de mirar y sonreír al cielo.

Al llegar a la altura en que yo esperaba, se detiene y se arrodilla sobre los guijarros dando un fuerte golpe con sus rodillas y no se hizo daño, como si de una alfombra se tratase, levantó la cruz al cielo y me la dio a besar.

Alrededor de su cuello cuelgan las medallas y rosarios de muchos de los asistentes. Busca con sus manos una cadena determinada mientras susurra, más que habla, con su invisible aparición:

-- Dime cuál es. ¿Es esta?

Levanta en su mano la medalla para darla a besar a la Virgen de su visión y oímos todos que vuelve a murmurar:

-- Pues dime de quién es.

Sin dudar ya más se vuelve hacia mi mujer y, abriendo y cerrando el cierre de oro de la cadenita, la coloca en su cuello.

Emocionada y llorosa, mi mujer cae de rodillas, como yo y como muchos de los que presenciamos tan hermosa escena. La niña le hace besar la medalla besada por la Virgen y la ayuda a levantarse del suelo con una sonrisa angelical que nunca olvidaremos.

De la misma manera, y con iguales o parecidas palabras, me coloca a mí mi propia medalla besada por la Virgen. Yo no pude contener más la emoción y lloré cayendo de rodillas.

En ese momento, encontré la explicación de todo lo que no comprendía. En la celestial expresión de esa niña vi el reflejo de la presencia invisible de la Virgen del Carmen sobre nuestras cabezas.

De rodillas lloré emocionado y pedí a Dios perdón por mi incredulidad.