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¿Un garabato?

garabato

María José Juliani tiene alrededor de ochenta y cinco años, pero es alegre y dicharachera como si tuviera un tercio de los años que tiene. Hace unos días estuvo de nuevo en San Sebastián de Garabandal. No había vuelto desde su primera visita, hace ya cincuenta y cinco años, en el mes de agosto de 1961.
María José llegó a Garabandal de la mano de uno de sus hermanos, que, impresionado por lo que había allí, llevaba todo el mes de agosto viviendo en la aldea. Llegó por el camino de entonces, poco más que un sendero con algunos repechos que solo los vehículos todoterrenos podían remontar. Y pasó allí cuatro días que nunca ha podido olvidar. Recuerda su impresión de las niñas: «Las niñas eran un encanto. Cuando estaban normales eran normales, juguetonas. Eran unas niñas muy cariñosas y muy juguetonas. Muy juguetonas entre ellas y conmigo. Jugaban, se reían… ¡Niñas normales! A mí, al menos, me trataban como si me hubiesen conocido de toda la vida. Pero, cuando tenían la llamada, decían: “Me está llamando”. Y dejaban lo que estuvieran haciendo y se iban, se iban».
Precisamente, la reacción de las niñas ante la llamada de la Virgen fue una de las cosas que más huella dejó en María José. Ocurrió ya al anochecer. Estaba con su hermano en la taberna de Ceferino, cuando llegó Mari Loli para hacerse un bocadillo. «Un bocadillo de chorizo, además. ¡Lo más normal!”. Seguramente Mari Loli tenía ya dos llamadas de la Virgen. En cualquier momento podía llegar la tercera y comenzar el éxtasis. Y, como Mari Loli –igual que el resto de las videntes–, era una niña absolutamente normal, anocheciendo ya, tendría hambre, y por eso fue a prepararse un bocadillo. María José sigue recordando: “Se estaba haciendo un bocadillo así de grande para comérselo y, a mitad del bocadillo, lo deja allí y dice: “Me llama”. Salió pitando, y salimos todos pitando detrás de ella, claro». Efectivamente, la Virgen llamó por tercera vez, anunciando el inminente comienzo del éxtasis, y ahí se quedó la cena de Mari Loli. Daban ganas de cogerla y preguntarle: “Pero, niña, y el bocadillo, ¿qué?”. Pero no había tiempo de preguntar, si uno quería ver lo que iba a pasar en ese trance.
Llegaron todos precipitadamente a la Iglesia parroquial detrás de la niña. «Y, cuando llegamos a la Iglesia, ya debía de estar allí la Virgen, claro. Ella hizo una reverencia muy chunga al Sagrario. Y, de repente, se queda mirando así, con una carita..., como diciendo: Pero ¿qué me dices? Y susurra: “¿Un garabato?”. Pero, así, con una carita... “¿Un garabato?”. Y ya se santiguó perfectamente». La Virgen María fue para las niñas madre y maestra, y una maestra exigente. Mari Loli había saludado precipitadamente al Señor, haciendo una señal de la cruz informe e irreconocible al llegar ante el Sagrario, y nuestra Madre del Cielo le llamó la atención. Tan sencillo y tan entrañable como eso, y tan en concordancia con el mensaje eucarístico que la Virgen venía a comunicar: “A la Eucaristía se le da cada vez menos importancia”. María José murmura: “A mí me impresionó mucho lo del garabato. Siempre que me voy a santiguar me acuerdo de lo del garabato, y procuro santiguarme bien”.
Ojalá que el mensaje de amor a la Eucaristía que nuestra Madre vino a traer en Garabandal, cale también hondamente en nuestros corazones y se transparente en cada uno de nuestros gestos cuando estemos en la presencia del Señor: en el modo de estar ante Él, en el modo de hacer la genuflexión, en la mirada de fe y confianza que dirijamos al Sagrario… En la Eucaristía está Él. Tratémoslo de la manera debida. Pidamos a nuestra Madre con insistencia que sea ella nuestra maestra eucarística.


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