• Anécdotas

    del tiempo de las apariciones
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La doble prueba de Sarín

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David Toribio era uno de los mozos que custodiaban a las niñas en el famoso “cuadro” de la Calleja e impedían que la avalancha de gente las arrollase. Fue testigo de éxtasis inolvidables, que relata con toda precisión gracias a su prodigiosa memoria.

Un día, hace no mucho, David se encontró con Sarín, una vecina de Cosío. Cosío es el pueblo más cercano a Garabandal, abajo en el valle. Cosío era también lugar de paso obligado para todos los peregrinos. Allí moría la carretera y de allí arrancaba el sendero que conducía -por la falda del “Jormazu”- hasta San Sebastián de Garabandal.

Apenas se intercambiaron algunos saludos, Sarín le preguntó: “¡Ay, Davizuco, ¿te acuerdas de lo que pasó en el pueblo en el año 61?”. David respondió: “Claro que me acuerdo”. Sarín insistió: “¿Y lo sigues creyendo? ¿Estás convencido?”. David afirmó con seguridad: “Plenamente, Sarín. Cada día más”. La mujer reconoció: “Y yo igual, pero no sabes lo mal que lo pasé cuando venían aquellas cartas en el periódico, aquellos escritos que decían que venían del obispado…”.

Sarín le abrió el corazón a David. Han pasado muchos años desde ese verano del 1961, pero la anciana todavía se estremece cuando recuerda. Era una joven de natural bueno y tímido, piadosa y trabajadora. Sarín no era de leer los periódicos, pero alguna de sus amigas sí. Una tarde salió a dar un paseo con unas amigas al terminar los trabajos de la jornada. Las amigas le contaron lo que decían los periódicos acerca de lo que estaba pasando en Garabandal: que todo se explicaba por causas naturales, que no era más que un juego de niñas, que las autoridades eclesiásticas daban recomendaciones de no subir a la pequeña aldea…

Sarín no se lo podía creer. Estaban viviendo cosas muy hermosas alrededor de los éxtasis de las niñas. Pero, para esas sencillas gentes de aldea, lo que decían los periódicos tenía la autoridad de estar dicho “por los que saben”, por personas “instruidas”. Esas declaraciones de la prensa local, sembraron la duda y la confusión en el corazón de Sarín, que le confió a David: “Me puse tan triste que aquella noche no pude dormir”.

En efecto, Sarín se pasó toda la noche dándole vueltas a cómo podría recuperar ella su anterior certeza. Al día siguiente, estaba decidida a subir a Garabandal para resolver su inquietud. Pero no subiría con las otras mozas de Cosío. Normalmente subían todas juntas, al terminar los trabajos en las casas y en los campos. Esa tarde, Sarín subió sola. A medio camino se sentó bajo la sombra de un inmenso roble. No hacía más que darle vueltas a qué prueba podría ponerle ella a la Virgen para comprobar que realmente se estaba apareciendo allí. Ensimismada en sus pensamientos, decía: “¡Ay, Dio mío! ¡Ay, Virgen del Carmen! ¿Qué les pido a las niñas? ¿Qué les pido?”. Y, de pronto, se le ocurrió: la cadena. Se palpó el pecho hasta encontrarla entre su ropa y la apretó con fuerza en sus dedos.  Si de verdad la Virgen se aparecía en Garabandal, lo sabría por la cadena.

Continuó el tramo que le quedaba hasta llegar al pueblo. Apenas entró en Garabandal, se encontró con Mª Cruz, que justo salía de su casa. Mª Cruz la reconoció y la saludó con cariño:

- Ay, Sarín, ¿subes sola?
- Sí.
- Pues, ¿no subíais muchas juntas?
- Pues sí. Es que unas se fueron a Torrelavega, otras se fueron al prado... ¿Tendréis aparición?
- Sí, creo que sí.
- Ay, mujer, ¿no te quieres poner la cadena mía?
- ¡Cómo no!

Mª Cruz se puso la cadena de Sarín al cuello y se fue ligera. Tenía que traer el agua a su madre, desde la fuente a casa, antes de que comenzara la aparición. Las pequeñas videntes seguían siendo tan responsables de su trabajo como siempre.

Cada día, las niñas recibían auténticas montañas de medallas, cadenas, rosarios, alianzas… que llevaban a la aparición colgados de cuello y brazos. Y se lo presentaban a la Virgen para que Ella lo besara. Todos sabían ya -lo habían podido comprobar una y otra vez- dos cosas. Primero: que la Virgen devolvía con toda exactitud los objetos besados a sus propietarios. Segundo: que nunca besaba las cosas que ya hubiera besado una vez. La medalla de Sarín ya había sido besada. Pero, con tantas medallas como daban a besar cada día a la Virgen, era imposible que las niñas recordaran cuál estaba besada y cuál no. Y podía ser una medalla distinta, o habérsela dejado un familiar que no pudiera venir…

Cuando la niña se hubo marchado, Sarín se recogió en una humilde súplica: “Virgen del Carmen, Virgen de Garabandal, me voy a esconder. No solo ha de venir la niña a decirme que ya está besada, sino que ha de venir a buscarme donde yo esté escondida”. Sarín le confesaba avergonzada a David: “Me atreví a hacer todo esto”.

El pueblo estaba lleno de forasteros pendientes del comienzo del trance. En medio del jaleo, nadie se fijó en la operación realizada por Sarín, que, con agilidad y discreción, ocultó su menuda figura en un rincón perdido. Desde su escondite, Sarín estaba pendiente del desarrollo de los acontecimientos. Cuando las niñas comenzaron a devolver objetos besados, lo supo por las exclamaciones de asombro y alegría de los peregrinos. De pronto, vio a Mª Cruz dirigirse con paso resuelto hacia el lugar donde ella estaba. Instintivamente se encogió tratando de pasar desapercibida, pero no le sirvió de nada. La niña continuó avanzando hasta ponerse delante de Sarín. Con un gesto rápido -la cabeza siempre echada hacia atrás y los ojos vueltos hacia lo alto- le puso su cadena al cuello y dijo en un susurro: “Sarín, me ha dicho la Virgen que está ya está besada”.

La duda, fue arrancada de raíz. Las dos pruebas pedidas habían sido concedidas.

David terminaba su relato con una exclamación de júbilo: “Esto es increíble. ¡Son puros milagros! ¡Milagros como la copa de un pino!”.


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