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  • Cómo era la Santísima Virgen

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LA PRIMERA VEZ

La primera vez que vimos a la Virgen, se nos apareció de repente.
Venía con dos Ángeles y el Niño Jesús, y había un Ojo encima de todos, con mucha luz.

OJOS MISERICORDIOSOS

Siempre se nos aparecía de repente, sólo que unas veces traía el Niño y otras no. Su postura más habitual era estar con los brazos abiertos y extendidos, mirándonos:
-- Sus ojos eran negros, ¡muy dulces y misericordiosos!, más bien grandes. Parecía como si no mirara a la cara, ni al cuerpo, ¡sino al alma!.
Su mirada es muy difícil de describir.
-- Hace a uno amarla más y pensar más en Ella. Mirándola a la cara, nos hace felices del todo, y mirándonos Ella, todavía más. Cuando nos hablaba, nos miraba, y también cambiaba de mirada durante la conversación.

SU VOZ

Es muy dulce y armoniosa, se oye por los oídos, aunque sus palabras penetran en el corazón; es como si se  metiera la voz dentro. ¡Hablaba con voz clarísima y dulcísima!.
Alguna vez se rió, además de sonreírse, que era lo habitual.
Se oía su risa, como sus palabras; pero la risa era más no sé qué que el habla. ¡No sé explicar su risa!. Nunca sabré explicarla, era muy hermosa.

LA DESPEDIDA

Nos besaba casi todos los días, y salía de Ella. Eran besos de despedida en ambas mejillas. Alguna vez le pedí que me dejara besarla, y otras veces la he besado sin pedírselo.
Cuando terminaba de ver a la Virgen:
-- Salía como del Cielo, con muchas ganas de amar a Jesús y a María, y de decir de Ellos a la gente, ya que eso es lo único que nos puede alegrar: hablar y escuchar de la Virgen.

ID LIMPIAS

Quiero a la Virgen como si fuera mi madre. Con Ella se puede hablar de todo. Recuerdo que un día nos dijo:
-- Id muy limpias; yo también me cuidaba de eso cuando vivía en la tierra.

LAS LLAMADAS

La Virgen nos llamaba antes de venir, eran tres llamadas:
-- La primera, era sentir de pronto una alegría muy suave. La segunda, era más fuerte. La tercera, ya Ella nos llevaba; salíamos a toda prisa a donde Ella quería que estuviésemos; Ella nos guiaba y nos llevaba como en un vuelo.
¡Quién viviera en aquellos tiempos que veíamos a la Virgen tantas veces!. Aunque tuviéramos que quedarnos sin dormir, no nos importaba. ¡Éramos muy felices!.

MADRE DE TODOS

La Virgen, muchas veces, no nos miraba precisamente a nosotras, sino más lejos, a la gente que había detrás.
Cambiaba a veces de semblante; pero sin dejar de sonreír. Yo le preguntaba:
-- ¿A quién miras?.
Ella me decía:
-- Miro a mis hijos.

SIN CANSANCIO

Hablábamos con Ella de todo, hasta de nuestras vacas. Se sonreía mucho. También jugábamos. ¡Qué felices éramos entonces!. No sufríamos nada, aunque alguien se metiera con nosotras.
¡Qué bien se estaba con la Virgen!:
-- Era verdaderamente como una amiga, una madre; igual que si viviera con nosotras. Y nos llamaba por nuestro nombre familiar, como lo hacía la gente. No decía "María Concepción", sino "Conchita". Ni tampoco "María Dolores", sino "Loli", etc.
Ahora nos cansamos en los ratos de oración; pero entonces no sentíamos cansancio, ni sueño, ni nada. ¡La veíamos tantas veces!.

PEQUEÑAS LECCIONES

Un día, en una aparición de la Virgen, nosotras llevábamos puesto el cilicio, aunque muy flojo, y para que Ella se diera cuenta de que lo llevábamos, lo teníamos en la cintura, nos lo palpábamos de cuando en cuando. Nos dijo:
-- Sí, ya sé que lo lleváis; pero no es eso precisamente lo que pido de vosotras, ni lo que más me agrada, sino la fidelidad en la vida ordinaria.
También nos dijo una vez:
-- Si viérais juntos a un ángel y a un sacerdote, tendríais que venerar primero al sacerdote.

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