rosario

En Garabandal, el rosario fue la oración más frecuente de las niñas durante los éxtasis. Fue la Virgen quien enseñó a las niñas a rezar bien el rosario. Conchita cuenta en su diario: «Rezamos el rosario viéndola a Ella. Ella rezaba con nosotras para enseñarnos a rezarlo bien». Recuerda cómo la Virgen, cuando rezaba el padrenuestro o el gloria «todo su ser era oración».

A este pueblo no era extraño el rezo del rosario, nos cuenta Miguel, el hermano de Conchita: «Cuando era joven y trabajaba en el campo, la campana de la iglesia del pueblo tocaba al mediodía. Todos parábamos de trabajar, incluso los que estaban con el ganado, y rezábamos el Ángelus. Después, a la tarde, todos, hombres, mujeres, niños, todos volvían a sus casas para luego ir a rezar el rosario en la iglesia. Y esto sucedía cada día».

No sorprende que la Virgen María se apareciese en un lugar donde todos rezaban el rosario a diario en la iglesia.

El rosario es una parte importante del mensaje de la Virgen en Garabandal. Este hecho no desentona con la realidad vivida en la iglesia desde hace siglos. Muchos santos lo han rezado y han animado a que se rece el rosario. San Pío X anota en su testamento: «El rosario es la oración más hermosa y la más llena de gracias». También en otras apariciones se invita a los videntes a rezar el rosario. En Lourdes, santa Bernadette reza el rosario a orillas del Gave con la Señora: «Comencé a rezar el rosario, mientras la Señora iba desgranando sus cuentas. […] Al acabar el rosario, la visión se desvaneció». También en Fátima se insiste en que se rece el rosario para alcanzar una gracia particular: «Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo».

Pero no se puede rezar de cualquier forma. La Virgen enseñó a las niñas a rezar despacio. Las mismas videntes afirman: «Debemos pensar en lo que rezamos; rezar es hablar con Dios y la Virgen. Cuando decimos el padrenuestro o el avemaría estamos hablando con Dios y con la Virgen, y hay que decirlo como cuando hablamos con una persona a quien amamos mucho, despacio y con corazón».

Con estas lecciones, las niñas aprendieron que no se obtiene mayor fruto haciendo muchas cosas o muchas oraciones de cualquier forma, sino haciéndolas lo mejor posible. La santidad no está en rezar apresuradamente muchas oraciones, sino en sumergirse profundamente en una relación personal con Dios a través de la oración.

También nosotros podemos aprender de esto para mejorar nuestra oración, nuestra manera de rezar. Hagamos el propósito de rezar el rosario, y de rezarlo despacio, pensando en las palabras que salen de nuestra boca, es decir, uniendo el corazón a nuestros labios. Para eso ayuda rezar delante de una imagen de la Virgen y leer antes de cada misterio un pasaje del Evangelio que nos ayude a contemplarlo.
 
Pidamos a la Virgen, nuestra Madre, que nos enseñe también a nosotros a rezar como enseñó las niñas de Garabandal.