Download Free Templates http://bigtheme.net/ Websites Templates
  • Espiritualidad

  • 1

inmaculado

Vivimos un momento muy difícil en la historia de la Iglesia. Experimentamos que nos golpean por todos lados: sufrimos ataques contra la familia, contra el matrimonio, contra la vida, contra el sentido común… pero lo que más nos duele son los «golpes» que recibimos dentro de la misma Iglesia, por la infidelidad y el pecado de muchos de sus miembros. El objetivo de este ataque que sufrimos, aún procedente de frentes tan aparentemente variados, tiene una característica común: en el fondo es un ataque contra la esperanza. El demonio quiere arrancar de nuestras almas la esperanza, para vencernos a través del desaliento y el desánimo. Un ejército que pierde la esperanza en la victoria, no llega a presentar batalla. Y si lo hace, lo hace ya rendido y el enemigo pasa sobre él arrollándolo. Pero cuando un ejército está seguro de su triunfo, lucha sin descanso hasta la victoria. Por eso Benedicto XVI, en su Encíclica Spe Salvi, dice: «El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino». Solo cuando estamos seguros de nuestro futuro, el presente se hace llevadero. Pero es que nuestro fututo no solo es llevadero, nuestro futuro es maravilloso porque es el triunfo del Corazón Inmaculado de María, que está mucho más cerca de lo que pensamos. Pero ese triunfo, como ocurre en cualquier otra batalla, no va a ser gratis.


El 13 de mayo del año 1917, una Señora «procedente del Cielo» y «más brillante que el sol» se apareció a tres niños en un lugar llamado Cova de Iria, haciendo mundialmente famosa su parroquia de Fátima. La Virgen María, pues Ella era esa Señora «tan bonita», regresó otras cinco veces a ese lugar para encontrarse con Lucía, Jacinta y Francisco. En la tercera aparición, el 13 de julio de 1917, Nuestra Madre reveló a los pastorcitos esa visión que se conoce como «el secreto de Fátima». La confidencia fue guardada celosamente por los niños. Los dos pequeños, Jacinta y Francisco, murieron poco después de terminar las apariciones. Quedó Lucía, sola con su misión, porque el Señor quería servirse de ella «para dar a conocer y amar» el Corazón Inmaculado de María. En 1941, Lucía recibió permiso del Cielo para escribir las dos primeras partes del secreto, pero continuó guardando el más absoluto silencio acerca de la tercera parte de la visión.

Lo que Lucía contó en ese primer momento fue que Nuestra Madre les había mostrado el infierno, «a donde van las almas de los pobres pecadores». Y les explicó que, «para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón». Les anunció también que, si la humanidad no dejaba de ofender a Dios, Dios tendría que castigar al mundo «por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre». «Para impedirlo —explicó—, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir. Varias naciones serán aniquiladas». Pero, junto a la profecía de sufrimientos tan grandes, brilla como una luz esa promesa consoladora: «Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz». Esa es nuestra esperanza en los difíciles momentos que vivimos y frente a la perspectiva de que seguramente todo empeorará: «Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará».

El 13 de julio de 1929, exactamente doce años después del anuncio del secreto, Nuestra Madre volvió a aparecerse a Lucía para decirle: «Ha llegado el momento en el que Dios pide al Santo Padre, en unión con todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón, prometiendo salvarla por este medio». Lucía trata de hacer llegar al Santo Padre este mensaje, en ese momento el Sumo Pontífice era Pío XII, pero no consigue ser escuchada. El siglo XX fue avanzando y las profecías de la Virgen en Fátima comenzaron a cumplirse. Un día, Nuestra Madre le dijo a Lucía: «No han querido atender mi petición… Como el Rey de Francia, se arrepentirán y lo harán, pero será tarde. Rusia habrá esparcido ya sus errores por el mundo provocando guerras, persecuciones a la Iglesia… El Santo Padre tendrá mucho que sufrir».

¡Cuánto sufrimiento hubiera podido evitarse si la petición de consagrar Rusia al Inmaculado Corazón de María hubiera sido atendida tal y como la Virgen lo pedía! En lugar de eso, el comunismo (que ese era fundamentalmente el «error» de Rusia) fue sumando crímenes hasta superar los cien millones de asesinatos y el sufrimiento de incontables millones de personas. Estallaron guerras sin cuento, entre ellas la Guerra Civil Española, que sor Lucía consideraba uno más de los amargos frutos producidos por los «errores de Rusia» y que no dudaba en definir —y cito literalmente— como «revolución comunista». Y mientras tanto, en la Alemania humillada por los pactos de Versalles, una figura infame llegaba al poder: Adolf Hitler, encumbrado en buena parte gracias a sus triunfos contra los violentos comunistas locales. Todos sabemos lo que ocurrió: lanzó a su nación a una de las guerras más crueles de la historia, la II Guerra Mundial, tal y como había predicho Nuestra Madre en la aparición del 13 de julio de 1917: «Si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra (guerra) peor».

Y no es que los Papas (santos Papas por los demás) no la escucharan del todo. Es que no hacían la consagración siguiendo las indicaciones dadas por Nuestra Madre. El 31 de noviembre de 1942, Pio XII hizo una consagración que no sirvió porque no se hizo en unión con todos los obispos del mundo. Lo mismo pasó con la consagración hecha por Pablo VI el 13 de mayo de 1967 e incluso con la primera consagración que hizo Juan Pablo II el 13 de mayo de 1982. Finalmente, el 25 de marzo de 1984, Juan Pablo II repitió la consagración. Al preguntarle a sor Lucía si esta vez se había hecho lo que pedía Nuestra Madre, la religiosa dijo: «Fue hecha, pero ya era tarde». Exactamente cincuenta y cinco años de retraso. Rusia había extendido ya sus errores por el mundo, que siguen haciendo sufrir a la Iglesia y a la humanidad entera. Con todo, algo sí se logró. En esos momentos, años 80, pesaba sobre el mundo la amenaza, muy real, de una guerra atómica. Se calculaba que el armamento atómico acumulado en el mundo podía destruir a varios planetas Tierra. Pero la guerra atómica no estalló. Al revés, el comunismo cayó como sistema político en la Europa del Este de una manera pacífica. Sor Lucía estaba convencida de que la consagración de Rusia había evitado mucho sufrimiento, aun habiéndose hecho con cincuenta y cinco años de retraso. Imaginemos si se hubiera respondido a la petición de Nuestra Madre a la primera, sin hacerla esperar tanto.

Paralelamente a esta lucha de sor Lucía por conseguir que la petición de Nuestra Madre —consagrar Rusia al Inmaculado Corazón de María— se llevara a cabo, se sucedieron otros acontecimientos. A finales de 1943, Lucía enfermó de gravedad. El obispo de Leiria la visitó y, al verla tan grave, temiendo que muriera y se llevara el tercer secreto a la tumba, la ordenó escribirlo. Aunque no se pueda leer de momento —argumentaba el obispo— no se perderá si algo le pasa a Lucía. Nuestra Madre le dijo a su confidente: «Escribe lo que te manda, pero no aquello que te he dado a entender de su significado». Lucía obedece y entrega al obispo el secreto. Se trata de la estremecedora visión del Obispo vestido de blanco que muere bajo las balas y flechas de los soldados al pie de la cruz, después de atravesar una gran ciudad medio en ruinas. En el sobre lacrado, una breve anotación autorizaba a abrirlo y leerlo en el año 1960, pero solo en el año 2000 fue hecho público. Y se hizo con una nota de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe que interpretaba la visión como algo ya pasado: «La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un interminable Via Crucis dirigido por los Papas del siglo XX».

Pero, la verdad es que resulta difícil dar los secretos de Fátima como ya completamente cumplidos. Y mucho menos cumplido parece otro texto que Lucía escribe describiendo la visión que tuvo el 3 de enero de 1944, cuando Nuestra Madre le dio permiso para poner por escrito el secreto: «La punta de la lanza, como llama que se desprende, toca el eje de la Tierra. Ella se estremece: montañas, ciudades, pueblos y aldeas con sus habitantes son sepultados. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites, desbordándose, inundando y arrastrando consigo en un remolino, casas y personas sin número, que no se pueden contar, es la purificación del mundo por el pecado en el cual está inmerso. ¡El odio, la ambición provocan la guerra destructora!».

Esta visión parece describir una situación más dramática aún que el mismo secreto. Y no parece que se haya cumplido. Y el triunfo del Corazón Inmaculado de María —creo que esto es evidente para todos— no se ha producido todavía. ¿Qué decir entonces al respecto? Seguramente tendrán que ser los mismos acontecimientos los que nos lo expliquen. Al fin y al cabo, la profecía cristiana no es adivinación ni tiene por objeto descubrir el futuro que ocurrirá mañana. Su finalidad es llamarnos a la conversión hoy.

Pero me atrevo a seguir reflexionando retomando esa fecha, 1960: la fecha en la que el tercer secreto podría haberse hecho público y no se hizo. Solo un año después, el 2 de julio de 1961, la Virgen comienza a aparecerse en Garabandal. En octubre de ese año ha dado ya su primer mensaje público, dentro del cual se lee una seria advertencia: «Si no cambiamos, nos vendrá un castigo muy grande». A lo largo de 1962, la Virgen comunica a las niñas de Garabandal nuevos mensajes con un importante contenido profético. Estos mensajes tienen muchos paralelismos con los secretos de Fátima, que aún no estaban publicados en ese momento. De hecho, el obispo de Leiria de esos años, Mons. Joao Pereira Venancio, responsable de llevar a Roma el tercer secreto y amigo íntimo de sor Lucía, estaba convencido de que el mensaje dado por la Santísima Virgen en Garabandal era el mismo que el de Fátima, pero actualizado para nuestro tiempo.

En Garabandal, la Virgen María advierte de la llegada de una gran «tribulación» para la Iglesia, tan grave que, en palabras de Mari Loli, una de las videntes: «(La Iglesia) daría la impresión de estar a punto de desaparecer por una terrible prueba». Mari Loli continuó explicando: «Nosotras preguntamos a la Virgen cómo se llamaría a esa prueba, y Ella nos dijo que “comunismo”». Albrecht Weber, en su libro «Garabandal: El Dedo de Dios», afirma que Conchita, otra de las videntes, le dijo en una conversación: «Cuando el comunismo venga de nuevo, entonces todo sucederá». Durante años, al menos en España desde donde escribo, hemos pensado que el comunismo había sido vencido. Pero la actual situación política está desmintiendo esta falsa expectativa. A las niñas se les muestra el escenario político, social y religioso del mundo y de la Iglesia previo a la llegada de tres grandes acontecimientos: aviso, castigo y milagro, que no son fines en sí mismos sino un camino de purificación que el Señor, en su gran misericordia, ofrece a la humanidad como oportunidad de conversión y como preparación del triunfo del Corazón Inmaculado de María, triunfo predicho en Fátima y confirmado por los mensajes de Garabandal, pero también de Medjugorje y otras muchas manifestaciones marianas recientes. No nos asustemos, pues. ¡Cuánto más cerca estén el Aviso, el Milagro y el Castigo más cerca estará el triunfo del Corazón Inmaculado de María!

¿En qué consisten cada uno de estos acontecimientos predichos en Garabandal? Comencemos por primero que tendría que llegar. El Aviso llegará sin aviso, como una extraordinaria gracia de conversión. Todo el mundo verá, cada uno en el interior de sí mismo, en su conciencia, el bien o el mal que haya hecho, verá el estado de su alma tal y como Dios la ve. Conchita escribió en su diario: «Se verá y pasará en todas partes y lo sentirá cada persona, es como un castigo. Se verá lo que hemos causado nosotros con nuestros pecados».

Del Milagro Conchita dijo: «La Virgen Santísima me ha anunciado un milagro que Dios Nuestro Señor hará por su intercesión. Como el castigo es muy, muy grande, como lo merecemos, el milagro es también inmensamente grande como el mundo lo necesita». Como las videntes no lo han visto, no pueden añadir mucho más. Sí que han publicado el lugar donde tendrá lugar: el paraje denominado Los Pinos de Garabandal. Parece que la Virgen dijo además que, tras el Milagro, quedaría una señal en los Pinos que se podría filmar y fotografiar, pero no tocar.

Finalmente, «si no cambiamos, nos vendrá un castigo muy grande». Conchita dice: «El castigo, si no cambiamos, será horrible». Solo una sincera conversión de la humanidad podría evitarlo. La finalidad del Aviso y del Milagro es precisamente ese, que sirvan a la conversión de la humanidad para evitar a este el Castigo. Reflexionando sobre los acontecimientos predichos en Fátima y contrastándolos con lo anunciado en Garabandal, resultan asombrosas las semejanzas entre el contenido del tercer secreto de Fátima, con esa gran purificación anunciada en Garabandal. Y cuánto se parece la visión del 3 de enero de 1944 con el castigo anunciado en Garabandal: «Es la purificación del mundo por el pecado en el cual está inmerso».

En Garabandal se anunció un cercano «fin de los tiempos», de la mano de un momento de gran prueba y purificación de la Iglesia. ¿Alguien duda de que esa gran tribulación ya ha comenzado? Lógicamente ese «fin de los tiempos», puesto que no es el fin del mundo, será seguido por nuevo periodo de la historia de la Iglesia y de la humanidad. Frente al anuncio de acontecimientos tan terribles, brilla ante nuestros ojos esa promesa luminosa: «Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará». Nosotros tenemos una certeza que llena nuestro corazón de esperanza: sabemos que tenemos una Madre en el Cielo que nos quiere mucho y que no quiere nuestra condenación (cfr. Mensaje de Garabandal, 18 junio 1965) y que podremos acompañarla el día del triunfo de su Corazón si antes dejamos que Ella triunfe en nuestro propio corazón.

 

Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.