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  • Espiritualidad

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matrimonioLa Virgen es Madre

En 2015 celebramos el 50º aniversario de la última aparición de la Virgen en Garabandal, que tuvo lugar el 13 de noviembre de 1965. ¡Cómo no emocionarse al recordar los sucesos de aquel día! La Virgen es Madre, y lo demuestra una y otra vez con el interés que manifiesta hacia sus hijos.
Vamos a ir viendo los detalles de esta última aparición y qué es lo que nos dice hoy, 50 años más tarde.
En su diario, Conchita escribe:
"Estando un día en la Iglesia, la Virgen me ha dicho en una locución que la vería el 13 de noviembre en los Pinos. Me dijo que esta sería una aparición especial para besar objetos religiosos y repartirlos después, ya que tienen gran importancia. ¡Yo estaba con grandes deseos de que llegase ese día, para volver a ver a quien ha sembrado en mí la felicidad de Dios! Estaba lloviendo, pero a mí no me importó. Subí a los Pinos y llevaba conmigo muchos rosarios. (…) Los llevé para que los besara. Subiendo sola a los Pinos, iba diciéndome, como muy arrepentida de mis defectos, que no caería más en ellos, porque me daba apuro presentarme delante de la Madre de Dios sin quitarlos. Cuando llegué a los Pinos, empecé a sacar los rosarios que llevaba. Estándolos sacando, oí una voz muy dulce, la de la Virgen, que se distingue entre todas, y me llamaba por mi nombre. Yo le he contestado: "¿Qué?". Y en ese momento la he visto con el Niño en brazos".
Este pequeño fragmento del diario de Conchita, ya nos da mucho para pensar y para meditar. Se pueden subrayar varias de las palabras que dice Conchita para reflexionar sobre ellas.
Ella dice que subió "arrepentida". Tenemos necesidad de reconocer nuestra debilidad, nuestros defectos, nuestros pecados, pero de reconocerlos delante de Dios. Si los reconocemos delante de Dios, no hay lugar para el desánimo, ni tampoco para el orgullo de no querer reconocer nuestra pobreza.
¿Qué es el arrepentimiento? Ya en el primer mensaje, la Virgen indica la necesidad del arrepentimiento. Para cambiar, el primer paso es reconocer qué es aquello que debemos cambiar. El arrepentimiento es la contrición por aquellas obras pasadas que fueron malas o o mal realizadas. Implica, además del reconocimiento, el deseo de no volverlas a cometer.
La contrición y el arrepentimiento surgen de la contemplación del inmenso amor que Dios tiene por nosotros. Al conocer su amor, nos duele haberle ofendido o no haber correspondido debidamente. En el Evangelio leemos muchas veces las palabras "¡Arrepentíos!", seguidas de la frase: "porque está cerca el Reino de los Cielos". Podemos decir, por tanto, que el arrepentimiento y la conversión del corazón nos preparan para la llegada del Reino de Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica, cuando habla de la conversión, dice que "va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron animo cruciatus (aflicción del espíritu), compunctio cordis (arrepentimiento del corazón)" (Catecismo de la Iglesia Católica, N. 1432).
Conchita, en su subida a los Pinos, sentía este arrepentimiento de sus defectos porque iba a encontrarse con la Virgen, que tanto la quería. Debemos aprender esto de ella. Cuando estemos delante de María, cuando recemos el rosario, pidamos en el corazón un sincero arrepentimiento por las veces que no hemos respondido a sus mensajes y a lo que nos ha pedido, y renovemos nuestro deseo de serle fieles y de amarla más. Ella nos lleva a Jesús y nos anima a este arrepentimiento, para que seamos más santos. Del mismo modo, cuando vayamos a encontrarnos con Dios en la Eucaristía, en la misa, en el sacramento de la confesión…, debemos ir arrepentidos de nuestros defectos y pecados, y con la firme resolución de no caer más en ellos.

 

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