matrimonio

Seguimos reflexionando sobre la última aparición de la Virgen en Garabandal.
Continúa Conchita en su diario: «Venía vestida como siempre y muy sonriente. Yo le he dicho: “Ya he venido a traerte los rosarios, para que los beses”. Y ella me ha dicho: “Ya lo veo”. Yo traía masticando un chicle, pero cuando la estaba viendo dejé de masticarlo y lo he puesto en una muela. Y ella ha notado que lo traía, y me ha dicho: “Conchita, ¿por qué no dejas tu chicle y lo ofreces como un sacrificio por la gloria de mi Hijo?”. Y yo, con vergüenza, me lo he sacado y tirado en el suelo. Después me ha dicho: “¿Te acuerdas de lo que te dije el día de tu santo, que sufrirás mucho en la tierra? Pues te lo vuelvo a decir. Ten confianza en nosotros y lo ofrecerás con gusto a nuestros corazones por el bien de tus hermanos. Porque así estarás más unida a nosotros”. Yo le he dicho: “¡Qué indigna soy, oh Madre nuestra, de tantas gracias recibidas por vos, y todavía venir hoy a mí para sobrellevar la pequeña cruz que ahora tengo”»

Hacer muchos sacrificios

La Virgen dijo en su primer mensaje: "Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia". Y ahora, en este párrafo tomado del diario de Conchita, leemos: “Conchita, ¿por qué no dejas tu chicle y lo ofreces como un sacrificio por la gloria de mi Hijo?”. En el verano de 1916, el Ángel de la Paz pidió a los niños de Fátima: "En todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio como acto de reparación". Podemos decir, entonces, que la necesidad de los sacrificios no es algo nuevo en la vida cristiana. San Pedro dice en su carta: "Ofreced sacrificios espirituales agradables a Dios". Estos sacrificios espirituales que agradan a Dios son los que hacemos las 24 horas del día, haciendo y viviendo todo por Él y como Él quiere. Es un sacrificio, porque requiere un esfuerzo, es negar nuestro propio querer, nuestra manera de ver las cosas, nuestra voluntad, para acoger la voluntad de Dios. Este es "nuestro culto razonable". San Pablo pide que todo lo que hagamos, lo hagamos de corazón, "como para el Señor y no para los hombres". Y añade: "Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo, el Señor, servís". Se podría decir que el mayor sacrificio es el de tomar la cruz de cada día con alegría, con aceptación, unidos a Cristo. Él mismo nos dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga".

La fidelidad diaria

La Virgen señaló en Garabandal que lo que a ella le agradaba era la fidelidad en la vida ordinaria. Dice Conchita: "Un día, en una aparición de la Virgen, nosotras llevábamos puesto el cilicio, aunque muy flojo y, para que ella se diera cuenta de que lo llevábamos (lo teníamos en la cintura), nos lo palpábamos de cuando en cuando. Al fin nos dijo: "Sí, ya sé que lo lleváis, pero no es eso precisamente lo que pido de vosotras, ni lo que más me agrada, sino la fidelidad en la vida ordinaria". Esto no quita el valor de los sacrificios voluntarios que podamos ofrecer al Señor en reparación por nuestros pecados y por los pecados del mundo, sino que nos ayuda a comprender la importancia de la fidelidad diaria vivida en el amor y en la humildad.
Cada uno se puede examinar a sí mismo para ver si hay algo que pueda ofrecer a Dios y a la Virgen. La Virgen pide a Conchita que ofrezca su chicle. ¿Es algo pequeño? ¿Quién puede juzgar lo que una cosa vale a los ojos de Dios y de la Virgen?
La Virgen les pedía también sacrificios mayores, como el de levantarse pronto para rezar el rosario en la calleja, incluso si hacía frío o llovía. Conchita constata sencillamente: "La Virgen siempre quiere que hagamos penitencia"

Con ella se puede hablar de todo

"Ten confianza en nosotros". Ya antes, Conchita había escrito: "Algunas veces (la Virgen) repetía, como en broma, nuestras expresiones mal dichas, y lo hacía para que tomáramos confianza, pero nosotras se la tuvimos desde el primer momento. (…) Quiero a la Virgen como si fuera mi madre. Con ella se puede hablar de todo".
Juan Pablo II habló en una catequesis de que María nos había sido dada como Madre nuestra por Jesús en la cruz (Audiencia general, 23 de mayo de 1997), y lanzó este deseo: "Ojalá que cada uno de nosotros, precisamente por esta maternidad universal concreta de María, reconozca plenamente en ella a su madre, encomendándose con confianza a su amor materno"