cruz

Durante las apariciones, la Virgen pedía que se diese a besar a la gente, una y otra vez, el crucifijo, en el que está su Hijo en la cruz, Jesucristo, nuestro Redentor.

Pensar y meditar en la Pasión nos hace conscientes de la gravedad del pecado y del gran amor que Dios nos tiene. "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único" (Jn. 3, 6). La Virgen concluyó el segundo mensaje con las palabras: "Pensad en la pasión de Jesús".

Hay momentos del año litúrgico en los que nuestra mirada se vuelve más intensamente hacia la Cruz y se nos invita a meditar en su misterio. La cuaresma es uno de estos tiempos oportunos. Una de las prácticas tradicionales para meditar la Pasión es el rezo del viacrucis. En él recordamos cada paso de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Es una oportunidad para volvernos a Él con corazón sincero y pedirle perdón, para pedir fuerzas para llevar nuestra cruz junto a Él, sea grande o pequeña. No estamos solos en el camino.

Que nuestro beso al crucifijo no sea un acto superficial y vacío de sentido, sino un acto de adoración, un gesto de amor y un reconocimiento de que Él es digno de todo nuestro amor. Este gesto significa también besar nuestra propia cruz, es decir, el camino que el Señor nos marca para nuestra santificación. Jesús dijo: "El que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y que me siga" (Mt. 16, 24).

La Virgen, en su segundo mensaje, nos invita a mirarlo, a contemplarlo, a pensar en todo lo que Él ha hecho por nosotros, para preguntarnos: ¿Qué he hecho por Él? ¿Qué hago por Él? ¿Qué debo hacer por Él?