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  • Espiritualidad

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manos llenas

Al encontrarnos de nuevo en las fechas del aniversario de la última aparición de Garabandal, experimentamos una invitación a profundizar en el contenido de la misma. Los pinos fueron testigos de esta preciosa aparición. Conchita relata en su diario: "Estaba con grandes deseos de que llegase ese día, para volver a ver a quien ha sembrado en mí la felicidad de Dios!". Solo esto ya hace que surja una pregunta: ¿Cómo es mi deseo de encontrarme con Dios y con la Virgen? ¿Es grande? Nosotros nos alegramos muchas veces de cosas vanas y pasajeras que no traen la alegría verdadera. Conchita habla aquí de la felicidad de Dios que la Virgen sembró en su alma. La felicidad verdadera está en ser amados y en amar a Dios. Muchas veces buscamos la felicidad donde no la podemos encontrar.
Merece la pena volver a leer todo el relato, pero te invito hoy a que te fijes en un detalle, en unas palabras de Nuestra Madre: "Al presentarte delante de Dios, tienes que mostrarle tus manos llenas de obras hechas por ti en favor de tus hermanos y para gloria de Dios, y ahora las tienes vacías". Realmente, no haría falta ningún comentario, porque la Virgen explicó perfectamente lo que tenemos que hacer. Digo "tenemos", porque, aunque hablaba a Conchita, ella misma había dicho: "No vengo solo por ti, sino que vengo por todos mis hijos". Todo lo que ella dice, va dirigido también a nosotros, sus hijos. Este ser hijo de María es otro motivo de alegría en nuestro corazón, pero conlleva una responsabilidad. ¿Qué buen hijo no hace caso a las palabras que le dirige su madre? Con más razón tratándose de esta Madre en particular. Tomemos, por tanto, estas palabras como dichas a nosotros y pongámolas por obra.
Nos invita a actuar en favor de nuestros hermanos y para gloria de Dios. El mayor bien que podemos hacer a un hermano es llevarlo a Dios, y eso es dar gloria a Dios, pues Dios es glorificado en el hombre vivo, el hombre que vive cerca de Él. En último término, podemos decir que es una invitación a la caridad, al amor. Nuestras manos tienen que estar llenas de amor, amor a Dios y amor al prójimo. Volvamos a este grande deseo. Si deseo verdaderamente ver a Dios y a la Virgen, tengo que estar dispuesto a hacer todo lo que me pidan. Hoy me piden esto: amar, solo esto: amar y dejarme amar por ellos.
Mira hoy a la Virgen y pídele que te ayude a llenar tus manos de estas obras de amor, para que, cuando te presentes delante de Dios, puedas mostrarle tus manos llenas, no vacías.

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